Salir de Tokio no fue difícil.
Al llegar a Buenos Aires todo pareció sencillo. Tomar un taxi desde el aeropuerto hasta el departamento, desempacar, dormir un poco.
Las cosas parecían ir simplificándose a medida que el tiempo transcurría.
Unas cuantas horas me separaban de lo acontecido pero sentía que habían pasado más de mil años desde aquello.
Sinceramente, desde mi interior, intentaba darle forma a lo amorfo. No podía concebir que semejante error hubiera sido el causante de lo que me sucedía.
En realidad fue algo que debí haber esperado, pero los seres humanos somos torpes cuando el amor está de por medio.
Ya de muy niño me acontecían estas cosas. Claro, yo no tenía conciencia de lo extrañas que podían resultarle a los otros, a los que no las compartían conmigo, a los de afuera.
El primer recuerdo se remonta a mi primera infancia, a las épocas en las cuales aprendí a caminar. Fue por entonces que crucé mi primera puerta. Mamá me encontró sentado en el jardín y armó un alboroto descomunal. Recuerdo las lágrimas de alegría y los abrazos . . . también esos besos pegajosos que se me amontonaban en los mofletes sonrosados.
No comprendí la exageración de los gestos pues pensaba que nada del otro mundo había sucedido. Pero las experiencias fueron probándome lo contrario. Y no que fueran muchas. Solo que, algunas veces, por algún raro milagro de la realidad, al cruzar una puerta, aparecía en sitios de lo más divertidos para mí. Sitios que mis padres no conocían, a los cuales ellos no tenían acceso.
La niñez estuvo plagada de esas transposiciones de lugar que me llenaban de un exquisito placer mórbido. Lentamente fui aprendiendo . . . y gracias a mi maravilloso poder de orientación y al minucioso estudio de la situación, siempre hallaba el camino de retorno. Sabía, por ejemplo, que para volver a mi mundo de todos los días debía desandar el camino en el orden inverso al que había transitado. Así, si la primera puerta era de madera, la segunda de vidrio y la tercera de metal, debía trasponerlas en sentido contrario para poder regresar al punto de partida. Era imprescindible para mí llevar un orden preciso para no perderme y poder estar de vuelta en casa antes de que mi madre se diera cuenta de mi ausencia (y con ello evitar los consabidos gimoteos y los besuqueos viscosos).
Cuando cumplí diez años, debido a repetidas ausencias en las aulas escolares, mis padres fueron citados por las autoridades del establecimiento. Se recomendó la asistencia de una psicopedagoga. Ella me dio juguetes para que me divirtiera. Lentamente, y con la sabiduría de una serpiente vieja, fue sonsacándome lo que jamás había contado a nadie, la verdad de mis paseos ocultos. Simplemente, como solo un niño puede hacerlo, le comenté mi último paseo, el que había generado el escándalo escolar. Ella, en lugar de reírse conmigo, abrió los ojos desmesuradamente y salió de la habitación. Una semana después comencé un tratamiento psicológico que derivó en otro más profundo a cargo de un psiquiatra. Me obligaban a tomar varias píldoras al día y a presentarme en sesiones que jamás comprendí y que no dieron ningún resultado, pues las puertas siguieron abriéndose frente mí hacia senderos imposibles de describir. Lo que sí cambió fue mi actitud ante los adultos. Ya no eran dignos de mi confianza. Ni siquiera mi madre, a quien yo había amado tanto.
Aprendí a mentir.
No volví a hablar de lo que me sucedía. Simplemente de lo que ellos deseaban escuchar. Y fue así que, lentamente logré liberarme del tratamiento y de las píldoras de colores.
El tiempo transcurría entre mis estudios, el deporte (que a pesar mío me obligaron a practicar) y los paseos secretos que cada tanto llevaba a cabo.
A los dieciocho años debuté en mi actividad cívica. Debí votar para las elecciones presidenciales. Yo estaba exultante pues me había hecho un sinfín de ilusiones con todo eso del “cuarto oscuro” y el “corte de boletas”. Pero no me resultó tan simple como había creído. Al ingresar en el famoso “cuarto oscuro” (que de oscuro no tenía nada porque estaba completamente iluminado) en lugar de hallarme situado frente a una serie de mesas con boletas de diferentes candidatos, me encontré en una hermosa playa sin árboles repleta de caracoles. Asustado, salí inmediatamente. Los que estaban afuera se sorprendieron porque en mi mano no tenía el sobre con mi voto. Farfullé cualquier excusa . . . dije que no me sentía bien, que necesitaba ir al baño, que estaba descompuesto del estómago. Rieron y me miraron comprensivamente. Era la primera vez que votaba. No debía ponerme nervioso. Un policía me acompañó hasta el baño del lugar. Estuve allí unos minutos y retorné a la mesa del comicio. Temblaba al penetrar por segunda vez en el fatídico recinto. Pero por suerte esta vez el sitio en el que me introduje tenía todas las características que esperaba. Lo extraño fue no poder encontrar los nombres de los candidatos sino otros muy llamativos impresos en las papeletas. Estaban escritos en un idioma que desconocía. Igual tomé una al azar y la introduje en el sobre lo más rápido que pude. Salí de allí transpirando. El presidente de la mesa me miró sonriente y comentó “no es para tanto”. Traté de sonreír también. Coloqué mi voto dentro de la urna, retiré mi documento de identidad y salí disparado a la calle.
Desde ese momento las puertas comenzaron a abrirse para mí cada vez más seguido. Ya no era la entrada en lo desconocido esporádica y placentera de antaño. No. En ese entonces las cosas se agravaron hasta lo indecible. Cada día eran más y más las posibilidades de aparecer en cualquier lugar con solo traspasar una apertura.
Decidí salir lo menos posible de casa. Pero eso también preocupó a mis padres quienes nuevamente me llevaron a una consulta psicológica.
El profesional esta vez los calmó diciéndoles que era algo bastante común en los adolescentes el deseo de aislamiento, pero, por las dudas, les recomendó que me observaran y que lo tuvieran al tanto de mis cambios de humor. Ellos me explicaron todo lo que les había dicho el licenciado y me pidieron encarecidamente que les contara qué me estaba sucediendo. Yo les dije que no me pasaba nada. Que simplemente no tenía ganas de salir, que prefería quedarme en casa. (por lo menos allí conocía todos los vericuetos de mis andanzas “extra curriculares”). Ellos parecieron aceptar mi explicación y me dejaron en paz.
Los años transcurrieron y trabajosamente fui controlando mis paseos cuasi oníricos. Aprendí a prever los posibles cambios en el aire que determinaban que lo maravilloso estaba por suceder. Y con ello llegó el alivio. Pues, cada vez que sentía a mi alrededor un afinamiento de la atmósfera yo “sabía” que estaba por atravesar un nuevo umbral. Era entonces cuando retrocedía o buscaba otro camino diferente para escapar de lo inevitable.
Logré llevar una vida casi normal hasta los veinticinco años. Pues, a pesar de que, de tanto en tanto me abandonaba a la sublime sensación de aparecer en cualquier paraje, había conseguido dominar mis ansias hasta el punto de hacerlo solo cuando el deseo ya no me permitía seguir negándomelo.
A esa edad conocí a una compañera de oficina que me hechizó.
Hacía poco me había recibido de Abogado. Estaba trabajando en un estudio jurídico en Tribunales y ella era aún una estudiante que colaboraba con la firma. Tenía los ojos más verdes que vi en mi vida. Se llamaba Aurora.
Después de un par de charlas informales la invité al Teatro Colón a una función de gala. Presentaban “Las Walkirias” de Wagner. Fue hermoso poder presenciar los cambios en sus ojos a lo largo de la representación de la ópera. Desde ese momento me sentí absolutamente enamorado de ella.
Estuvimos de novios dos años y medio. Más tarde llegó lo que todos presuponían. El compromiso. La fecha de casamiento. El Civil. La iglesia.
Nuestros padres estaban tan felices que prepararon un banquete nupcial digno de dos príncipes.
Después de la cena tomamos el avión que nos llevaría a Tokio en donde pasaríamos dos semanas idílicas de luna de miel.
Todo fue bien hasta que llegamos al hotel.
Fui al baño a ducharme. Mas, detrás de la puerta, en lugar de uno de esos baños tan mentados de Japón, me encontré en medio de una selva ecuatorial. Una selva bien conocida por mí. Peligrosa y colmada de mosquitos y animales voraces. Por unos minutos olvidé a Aurora, extasiado ante la belleza del ambiente. Yo lo había recorrido muchas veces y pertenecía a esa serie de recuerdos llenos de simpleza y candor que habían formado mi personalidad. Anduve un poco y perdí la noción del tiempo transcurrido. Cuando comprendí, ya era demasiado tarde. Retomé el sendero para poder volver al cuarto en el que me esperaba mi amada esposa, pero al llegar a la puerta esta se abrió inesperadamente y ella penetró en mi mundo secreto. Sé que grité. Sé que la abracé muy fuerte. Que traté de que no viera lo que yo veía. No quería que la maldición (o la magia) se apoderaran de ella también. Después . . .
Ahora estoy en nuestro departamento de Barrio Norte. El departamentito tan bien decorado y lleno de detalles que Aurora fue eligiendo con tanto placer. Nadie sabe que estoy en Argentina. Todos me creen felizmente en Tokio. Mi retorno está lleno de temores y dudas. No sé qué sucedió allá. No lo puedo recordar. Vuelve a acontecer lo que sucedía durante mi niñez y adolescencia, cuando tras mis expediciones algunos enseres de la casa (y a veces mis mascotas o mis compañeros de juegos) desaparecían para siempre. Sé que ella también se quedó en el otro lado. Sé que eternamente estará atrapada allí. Sé que algún día tendré que intentar el camino de regreso para lograr volver a verle los ojos, esos ojos verdes, de un verde tan intenso como el de una esmeralda al sol, tan verdes como los árboles que ahora la rodean . . . interminablemente.
30/06/2009
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