lunes, 27 de abril de 2015

EL JARDÍN SOBREHUMANO (notas de un asesino) (NOVELA CORTA)

EL JARDÍN SOBREHUMANO (notas de un asesino)
By SUSIE LAGENIA

1 – FLORES ROTAS

Imaginé muchos finales para lo que aconteció ese día. De niño siempre me daba por pensar en conclusiones diversas para lo que sabía que alguna vez sucedería. Pero la realidad, casi siempre, nos sorprende con su crudeza y su falta de piedad.
A los siete años comencé a degustar la fina y oscura predilección por la violencia que más luego me caracterizaría como uno de los seres más feroces que se pudieran imaginar.
Mi primer acto fue la captura, tortura y asesinato de un perro. Pertenecía a un hombre viejo que vivía a pocas cuadras de mi casa. Pasaba todas las tardes por su puerta al retornar del colegio con mi madre. El perrito –un ínfimo y deforme chihuahueño- se volvía loco y ladraba y saltaba como un poseso. Al principio -debido a la característica ingenuidad de mis pocos años- me provocaba ataques de risa que mi madre consideraba excesivos y por los cuales debí sufrir grandes reprimendas. “Que no está bien reírse demasiado en público”. “Que parecés un enfermito”. “Que los niños bien educados no se comportan de ese modo en la calle” y tantos otros consejos que me taladraban el cerebro -. Se me helaba la sangre en las venas cada vez que mi madre me retaba. Era una mujer alta y gruesa, con cortos cabellos rubios y ojos penetrantes de color acerado que parecían atravesarme las carnes cuando me miraba enojada. A pesar de lo cual, la vista del pequeñísimo espécimen canino no dejaba de causarme una gracia infinita. Era como un imán infecto que me atraía y me repelía sin que yo lograra controlar mi reacción –tan impropia para mamá-. Eso me creó una insoportable y pesada carga que derivó en castigos caseros de lo más diversos. Primero fueron prohibiciones acompañadas de interminables charlas que siempre se referían a lo inadecuado de mi comportamiento social. Después mami pasó a la punición física. Gracias al perrito en cuestión sufrí los más diversos actos de violencia. Cachetazos, tirones de pelo y de orejas, golpes de puño, quemaduras con cigarrillos. Mamá era de las que creían a pies juntillas que “quien bien te quiere, te hará sufrir” y eso de “la letra con sangre entra” se le convirtió en uno de sus dichos favoritos a la hora de educarme. Tan bien le salió la práctica que terminé por pasar frente a la vivienda en cuestión con cara de póquer y sin hacer caso del insufrible animalejo. Pero sabido es que cada acción tiene su reacción, y a la hora de las consecuencias la mía fue de lo más natural. Tras haber aprendido mi lección me dediqué a vigilar de lejos las actividades del dueño del cuadrúpedo. Supe así que los fines de semana el viejo salía temprano los sábados para retornar los lunes por la madrugada. Seguramente visitaría a algún pariente. Aproveché este conocimiento para poder vengarme de los malos momentos.
Como mi compostura había sido del agrado de mi progenitora, se me permitió salir a jugar con mis amiguitos del barrio. Comencé a ir a la casa de uno de mis compañeros del colegio y logré que me invitaran a quedarme a dormir allí. Varios week-ends atisbé desde su hogar el domicilio odiado. Esperé a que mis observaciones estuvieran confirmadas por la rutina del viejo poseedor del monstruito en cuestión. Y un sábado por la noche, cuando estuve seguro de que nada podría detenerme, me escurrí por la ventana del dormitorio de mi amigo para ir a lo del anciano. No fue difícil entrar pues la casa estaba rodeada por una cerca baja. La salté. El animal fue el único que se percató de mis maniobras y comenzó a ladrar desesperadamente desde el interior, pero no me amilané, pues los vecinos –acostumbrados al chillido infernal de la bestezuela- no prestarían atención al chirrido que emitía. Caminé por el jardín hasta la puerta trasera –que era vieja y débil- y la abrí sin dificultad. Yo pensaba que mi corazón latiría con un vértigo de adrenalina incontrolable pero no fue así. Tan seguro estaba de lo que hacía que no se me aceleraba el pulso. La casa era común. Y no me fue difícil hallar al engendro pues me guiaban sus grititos de murciélago asustado. Lo hallé en la cocina, saltando enloquecido pero escondiéndose y reculando con cada ladrido. Recuerdo que en ese momento lo más difícil fue cazarlo, pues el infeliz corría como una rata y se me resbalaba entre los dedos como si hubiera estado untado con aceite. Pero después de algunos intentos fallidos logré atraparlo.
Al tenerlo entre mis manos me pareció más pequeño aún de lo que lo recordaba. Y más negro y deforme. Reí para mis adentros y pensé “qué bien aprendí mi lección, mami estaría orgullosa de mí”, pero no me paré a considerar demasiado los gustos de mi madre porque el feo perro se retorcía y tiraba tarascones. Logré, no sin esfuerzo, pasarle la cabeza por un nudo corredizo muy lindo -preparado con un cordel de cortina que había encontrado en mi casa- y lo empecé a asfixiar. Aflojé un poco la presión cuando escuché que hacía un ruido como de quien se está atragantando. Después lo envolví con una servilleta que encontré y salí de la casa. Fui directamente a la plaza del centro del poblado y me colé con el bulto en la caseta del cuidador del parque. Medía un metro y medio de largo por uno de ancho, pero tenía una escalerilla que bajaba a un subsuelo en el cual estaban guardados los elementos de trabajo del obrero. Fue como tocar el cielo con las manos. Había tijeras de podar, guadañas, machetes, mazos. Todo un arsenal con el cual no pensaba contar. Los dioses me favorecieron de tal manera que comencé a castigar a la deforme copia de murciélago inmediatamente. La locación en la cual me hallaba disimulaba cualquier ruido indiscreto, con lo cual me sentí libre de obrar como más me placiera. Tras golpearlo y asfixiarlo con el cordón hasta dejarlo atontado procedí a encender un cigarrillo –que había robado a mi madre- para quemarlo como ella me había quemado a mí (para que aprendiera el valor de la educación civilizada que prohíbe hacer escandalosos alborotos en la vía pública). Sé ahora que esa idea infantil fue lo más maravilloso e ingenuo que un niño de mi edad pudo haber pensado en un momento como ese. Después utilicé algunas de las herramientas de jardinería. Le quebré las patas con el mazo, le corté las orejas y la cola con las tijeras de podar y le atravesé el cuerpo con unas hermosas varillas de metal que encontré en un rincón. Logré mantenerlo vivo durante un par de horas. Eso fue lo mejor de todo. Había pensado en pincharle los ojos pero no lo hice porque me pareció mejor y más instructivo que viera todo lo que le estaba haciendo, y más importante aún, que me viera a mí, su ejecutor. Cuando murió –cuando ya no sentí sus temblequeos bajo mis dedos- procedí a desmembrarlo con el machete. Lo corté en pedacitos y después los envolví en la servilleta en la cual lo había transportado hasta allí.
Al salir del cuchitril no me preocupé por limpiar la sangre derramada pero sí dejé cada uno de los utensilios utilizados en el sitio en el cual los había encontrado. Fue una acción mecánica pues mi madre había trabajado mucho tiempo en mí para que se me hiciera una costumbre eso de acomodar todo después de usarlo.
Volví contento a la casa del viejo. Caminando despacio. Entré y dejé mi envoltorio en la cocina, debajo de la mesa.
Me lavé la sangre en el baño y me compuse lo mejor que pude. Como tenía manchada la camisa, la lavé y me la volví a poner –un poco húmeda pero impecable-. Retorné sigilosamente a la habitación en la cual mi amiguito dormía plácidamente y, tras quitarme la ropa y doblarla –como correspondía- me vestí con mi pijama y me acosté en la cama de junto.
Contrariamente a lo que había imaginado en largos días de fantasías justicieras, en ningún momento sentí miedo o ansiedad. Todo lo que hice esa noche resultó tan natural y sencillo que empecé a pensar que había nacido para eso. Un rato después me había dormido profundamente.
Al día siguiente fuimos a un parque de diversiones con mi amigo y sus padres. También llevaron a la hermanita menor de mi compañero –una pelirroja maleducada y caprichosa que se pasó todo el tiempo lloriqueando y gritando porque pretendía que sus papás le compraran todo lo que veía. Pero ellos eran tan sabios como mi propia madre y le propinaron varios cachetazos que fueron la admiración de todos los adultos que nos rodeaban en aquel lugar. Después me llevaron a casa y le dijeron a mi madre que me había comportado como todo un caballero y que debía estar orgullosa de mí. Yo estaba feliz.

2 - EL JARDÍN

Soy un coleccionista empedernido. Variados objetos que me producen placer se cuentan entre mis posesiones. De pequeño aprendí el sereno arte de la filatelia. Fueron años de maravillosos descubrimientos en la soledad de mi cuarto de infante. Seleccionar sellos postales. Admirar cada una de sus filigranas. Contabilizar los bordes redondeados. Apreciar sus matasellos y ordenarlos por país, año, acontecimiento, etc.
La aprendida disciplina familiar me ayudó a lograr un perfecto equilibrio entre el placer de coleccionar y la obligación de acomodar y distribuir en compartimentos separados cada una de sus específicas características.
La escuela primaria colaboró con sus trabajos prácticos. Herbarios, insectarios, mapas, cuadros sinópticos y toda clase de actividad individual en la cual hubiera que demostrar capacidad para el ordenamiento y la ejecución de lineamientos regulados fueron para mí una diversión inigualable y me capacitaron para lograr control y método en mi vida.
Recuerdo un día en particular. Ese lunes debía yo entregar una carpeta en la cual había preparado un herbario. Mis últimos meses se me habían ido en rebuscar por las calles y solicitar amablemente a mis vecinos hojas de diferentes plantas. Las había secado entre papeles de diario sobre los cuales había colocado gruesos libros para lograr que quedaran planas y sin fisuras al retirarlas. Después las había pegado a cartulinas especiales en las cuales había anotado sus características distintivas y sus nombres científicos. En fin, el trabajo de tantos días y noches estaba esa mañana terminado y listo para ser entregado a la maestra correspondiente. Yo sabía que ella esperaba ansiosamente mi carpeta porque siempre –SIEMPRE- me destacaba por encima de los otros alumnos por la exquisitez de mis presentaciones. Ella sabía que era yo un perfeccionista riguroso y disfrutaba –se le veía en la mirada- al menospreciar a los otros y halagarme a mí. Mi maestra se llamaba Carmen, la Señorita Carmen.
Estaba ansioso por llegar al colegio. Mamá salió conmigo de casa y comenzamos a andar las pocas cuadras que nos separaban del establecimiento educativo cuando, a mitad de camino nos topamos con un grupo de gente agolpado a la puerta de un vecino. Había autos policiales y una ambulancia se estaba llevando al anciano. Mamá preguntó qué estaba sucediendo y le contaron que el pobre hombre había encontrado a su perro, muerto, en la cocina de su casa. Que había salido a la calle gritando y se había desmayado. Unos vecinos, al ver lo que estaba pasando, habían llamado al hospital y a la policía. Nadie se explicaba el porqué de semejante suceso, pues tanto el dueño como el perro eran viejos y era lógico pensar que el animalito algún día debía morirse. Pero aún así todos comentaban que el hombre seguramente estaba muy apegado a su mascota y que no había podido sobrellevar el dolor de su defunción.
Mamá, tras intercambiar unos amables comentarios, siguió camino hacia la escuela llevándome de la mano.
Fue una maravillosa mañana. Mi trabajo fue –como lo suponía- el mejor de la clase. La maestra me puso un diez y escribió una nota privada para mi madre en la cual elogiaba con una adjetivación bastante manierista mi capacidad y mi comportamiento. También el Director del establecimiento dedicó unas palabras elogiosas en otra notificación y me comentó que pensaba en mí como en el merecedor de la Medalla de Honor de ese período.
Yo obtenía ese premio cada año. Además figuraba en el Cuadro de Honor todos los meses. Esa tan odiada cartelera que estaba a la vista de todo el alumnado en la galería central del colegio –por la que debíamos pasar todos tres o cuatro veces al día cuando íbamos a la clase de música, o a gimnasia, o a cualquiera de las actividades que exigían que cambiáramos de salón-. La mayoría aborrecía a los que figurábamos como los mejores del lugar pues sentían que el solo hecho de que nuestros nombres se hallaran en esa pizarra los identificaba a ellos – Indocti discant, et ament meminisse periti[1] - como ignorantes e incapaces de desarrollar habilidades que pudieran ser consideradas como “lo que toda madre espera de su hijito”.
Mi situación como alumno destacado hubiera sido la de muchos otros, de no haber existido en mí ciertas características que generaban en mis compañeros una sensación inequívoca de respeto y admiración. La admiración la gané debido a que tenía por costumbre ayudar a los que menos sabían. Aprovechaba para ello los recreos –y muchas veces los invitaba a casa, en donde les aclaraba dudas y les facilitaba material previamente resumido para que pudieran aprobar las materias. Y el respeto… bueno… eso era otro cantar.
En general los niños sobresalientes son maltratados por sus compañeros menos dotados y considerados como tontos obsesivos del estudio, apegados a las polleras de sus mamás como mariquitas sin carácter, fáciles para la burla y el menosprecio en cuestiones tales como actividades físicas, deportes, peleas. Pero no era así en mi caso. Junto con una sana disciplina en lo referente a mi formación académica gocé siempre de un estado físico envidiable. Siempre fui más alto que la media normal. Los deportes –si bien nunca me llamaron la atención- jamás fueron una traba para mí. De hecho también me destacaba en ellos. Aunque de carácter afable y respetuoso de los otros, mi idiosincrasia me llevaba a enfrentar los problemas y a no dejar que me avasallaran los matoncitos que tenían por costumbre someter a los más ilustrados.
En más de una ocasión –cuando intentaron golpearme- obligué a mis adversarios a una retirada indigna gracias a la fuerza de mis puños. Eso me ganó un lugar de respeto entre los que no compartían mis características sobresalientes. Sé que ellos no entendían cómo un “traga” como yo sabía defenderse tan bien de sus avances. Pero mi secreto estaría guardado entre muros de inviolabilidad para siempre. Jamás lograrían entender -aunque me esmerara en explicarles- mi verdadero yo, mi simple y determinante esencia.
A la salida del colegio mamá estaba muy nerviosa y casi -me atrevería a decir- asustada. No me habló en el camino a casa. Tampoco hizo comentarios al recibir las notas de congratulación de la maestra y del Director. Simplemente se mantuvo circunspecta hasta después de la hora de la cena. Fue entonces cuando me narró la historia de nuestro vecino, el anciano hospitalizado. Se la habían contado y eso la había puesto muy inquieta.
Ese pobre hombre había sufrido un ataque al encontrar el cadáver de su mascota. Simplemente no había logrado superar la tremenda impresión de descubrir que “alguien” había entrado a su casa mientras él estaba disfrutando del fin de semana en lo de su hijo mayor. Y lo insoportable había sido que del pobre animalito sólo quedaban pedazos desordenados envueltos dentro de una servilleta. Lo habían cortado en muchos trocitos y los habían acomodado dentro del trapo ensangrentado. Era algo tan atroz que ella temblaba al contármelo. De hecho, en un punto de la narración, vi cómo le saltaban unos lagrimones silenciosos de los ojos grises.
Tratando de calmarla –porque me sentí desubicado al verla tan frágil- le comenté con una sonrisita cómplice que “por lo menos el perro era chiquito y había entrado todo en una servilleta de cocina”, ante lo cual se levantó furiosa y me abofeteó varias veces. Después me gritó que me encerrara en mi dormitorio.
El inesperado castigo me sirvió para comprender que ella –a pesar de haberme inculcado todo lo que formaba mi esencia- no era como yo. Ella podía sufrir. Podía llorar. Podía sentir pena por los otros. La revelación ensombreció mi día pero mi razonamiento fue tan prístino y preciso que sólo unos minutos sirvieron para que todo mi ser se rearmara. Comprendí que ese día había crecido. Que había madurado. Que desde ese momento las cosas no volverían a ser nunca iguales -tampoco entonces se aceleró mi corazón-. Sólo sé que desde esa noche una nueva luz me iluminó por dentro. La única luz que he conocido. La que aún brilla y me guía.

3 – ROSAS ROJAS

En la escuela secundaria descubrí que no sólo la excelencia intelectual es lo que vale. A pesar de mis antecedentes de la escuela primaria, desde que ingresé en el centro de estudios medios comprendí que, debido a la diversidad de docentes –uno por cada materia- mi capacidad de adaptación debía desarrollarse cada día un poco más. Había que refinar un complicado sistema de análisis, interpretación y síntesis de caracteres disímiles –lo cual más que una tortura fue un ejercicio- para lograr la manipulación exacta de cada uno de los representantes pedagógicos.
Los primeros días fui simplemente un número, un ser innominado entre otros muchos. Pero aproveché ese período para empezar a conocer a quienes me rodeaban. Puse a prueba mi capacidad de adaptación a un medio nuevo –y por lo tanto hostil-. No conocía tampoco a ninguno de los que desde ese momento serían mis compañeros de aula, así que el trabajo se duplicó.
Recordé a José Ingenieros, autor del libro “La simulación en la lucha por la vida” y me sentí cobijado por ese padre espiritual. A mi alrededor pululaban los mediocres, los tartufos, los idiotas del corazón. Observé mucho y hablé poco. Acorde con mi costumbre de coleccionar, separar, ordenar y catalogar, no me fue difícil hacer un mapeo de la realidad a la que estaba ingresando.
Dicen que todo lo que es nuevo en la vida produce automáticamente miedo. Pero yo soy incapaz de sentir. Por lo que me fue posible estudiarlos como un científico a sus ratas de laboratorio. Fue desde ese punto de vista que comencé a relacionarme con mis adláteres y con quienes se suponía que debían educarnos.
Transcurrido el primer mes mi cerebro tenía ya una visión bastante precisa del hábitat en el que me movería los próximos cinco años y de quienes estarían a mi alrededor. Fue divertido.
Fiel a mi costumbre trabajé acorde al método científico de la prueba y el error. Mis profesores se percataron en poco tiempo de mis habilidades. Tras un par de exámenes dejaron de interesarse por mi persona para atosigar a los incapaces de siempre. Descubrí entonces, que a diferencia de mi paso por el nivel elemental –en donde cada día había que mostrar lo que uno era capaz de hacer- allí solo había que destacarse las primeras cuatro o cinco semanas y después todo era descansar en los laureles. Me ubiqué así entre los primeros de la clase –cosa que duró hasta que finalicé el secundario.
Mis compañeros se transformaron entonces en materia de análisis y planteo de divertimentos varios. Yo seguía siendo el mismo de siempre. La diferencia la hacía el cambio de nivel educacional –en el cual me sentía menos obligado, más distendido, más libre- junto a una radical innovación en las costumbres, que acababa de surgir en mi casa. De hecho, mi madre, al ingresar yo en este nuevo nivel, había mutado. Ya no se sentía obligada a cumplimentar con esa tediosa serie de obligaciones diarias de antaño. Por el contrario, estaba desentendiéndose cada día un poco más de sus deberes en lo que a mí respectaba. Ya no me acompañaba al colegio –yo viajaba solo de ida y de vuelta en colectivo-. No se preocupaba por controlar mis cuadernos y carpetas pues el antecedente que obraba a mi favor era tan grande que tenía la absoluta certeza de que, simplemente con interesarse un par de minutos cada día por mis estudios sería más que suficiente.
Este giro doméstico también obró maravillas en mí. Por primera vez me sentí libre de hacer y deshacer a mi antojo todo lo que me viniera a la mano.
Mami se había ablandado –estaba “reblandecida” a mi juicio-. Después de haberme golpeado tras la muerte de la mascota de un vecino, nunca más había vuelto a levantarme la mano. Esos últimos golpes habían quebrado algo en su interior, había quedado inerme y sin fuerzas. Pero aún conservó las ganas y el sentido de la obligatoriedad de obrar como una madre clásica mientras duró la primaria. Cuando la terminé, me miró a los ojos con su mirada dura de acero pulido y me dio la mano. Dijo:”Llegó la hora de labrar tu propio camino. Yo hice lo mejor que pude. Lo que deba ser… será”.
De autoritaria y violenta pasó a distante e indiferente. Cualquiera se hubiera sentido lastimado ante semejante desamor, pero jamás había yo considerado nuestra relación como una manifestación de cariñosa interacción. Así que consideré los beneficios que este nuevo “statu quo” me ofrecía.
Si antes -aún con el control obsesivo de mamá- yo me había dado más de un “gustito”, entonces comprendí que nadie ni nada lograría detenerme en mi insaciable búsqueda de placeres mentales.
Esa carrera que había comenzado a los siete años de edad la noche en la que capturé, torturé y asesiné al perro chihuahueño del vecino, había continuado sin problemas y se había desarrollado sin mayores obstáculos. Vislumbré que en este nuevo período las cosas se me presentarían aún más fáciles.
Muchas veces me pregunté si mamá sabía cómo era yo realmente… qué era yo… qué soy. Creo que siempre lo supo. Quizá porque en ella estaba el germen de lo que hoy me define. Quizá seamos idénticos. O tal vez mi padre… ese padre que no llegué a conocer… no sé. Lo que sé es que ella me dio vía libre. Eso es innegable.
Las “travesuras” que cometí antes de ingresar en el secundario fueron para mí como un ejercicio a través del cual fui entrenando mi cuerpo y mi mente frente a las innumerables posibilidades que se me presentarían luego en la vida. No fueron muchas –precisamente por el obsesivo control que mi madre ejercía sobre mí- pero bien sabido es lo fácil que es engañar a quien se esfuerza por controlarlo todo, a quien pauta la vida de los otros de manera inflexible. Y resulta sencillo porque –precisamente debido a esa inflexibilidad- todo se transforma en previsible. Nada es más simple que engañar a un celoso –ya lo demostró Moliere en “La escuela de los maridos”- y mami era tan obsesiva como una esposa celosa. Yo conocía todas sus mañas. Nada quedaba fuera de la caja. Todo estaba previsto de antemano.
Fue por eso que pude llevar a cabo unos cuantos ejercicios a pesar de ella. No fueron muchos. Seis o siete. Pero… ¡Qué placer infinito el poder realizarlos!
Después del “perro murciélago” hubo algunas mascotas más. También secuestré a un bebé de meses a quien dejé morir en una fábrica abandonada tras hacerle mucho daño. Incendié la casa de una mujer muy vieja y desagradable –con graves problemas de movilidad- mientras dormía. Se salvó porque los bomberos llegaron bastante rápido al lugar de los hechos.
Hay que considerar que, a pesar de mi físico privilegiado, el hecho de ser aún un niño no me permitía demasiados lujos. Sumado a ello la implacable guarda de mi madre… demasiado hice en mis años mozos.

4 - CLAVELES ENCARNADOS

Los días de mi infancia han marcado definitivamente mi actual estilo de vida. Es innegable que, además de la herencia genética, las influencias del medio en el cual nos criamos van desarrollando gustos, costumbres, deseos. La férrea mano materna estabilizó en mí una infinita serie de ensoñaciones desordenadas que hubieran podido llevarme a un final horrendo. Simplemente me dio esa visión de lo admisible, socialmente hablando.
Mamá siempre fue estricta conmigo. Como si desde su profunda intuición hubiera sospechado mis aficiones latentes. Creo que fue por eso que me golpeaba tanto. Quizá, de no haber utilizado mano de hierro yo hubiera desconocido para siempre mis secretas aficiones.
Mis más antiguos recuerdos de ella están siempre ligados a la violencia. Y se presentan invariablemente relacionados con la compostura social. Puesto que es la sociedad la que nos debe templar para poder desenvolvernos en el medio, sus leyes son lo que más debe importarnos. Mami me adiestró para lidiar con los otros. Esos que nos rodean todo el tiempo en todas partes.
Recuerdo que cada vez que me comportaba incorrectamente, ella se desvivía por hacerme entender lo que estaba bien y lo que no. Para ello utilizaba una interminable artillería de agresiones además de repetirme continuamente –mientras me castigaba- las premisas que deseaba que yo aprendiera. Tras la tunda siempre me encerraba en algún sitio, para que pudiera yo repensar lo que acababa de sucederme. Lugares como el clóset, una vieja alacena olvidada en el sótano, un arcón medio podrido en el lavadero, o la tan menospreciada baulera debajo de la escalera han sido mis más recurrentes habitáculos infantiles. A veces, cuando mis acciones le parecían demasiado despreciables, se ayudaba de unos grilletes con los cuales sujetaba mis muñecas y mis tobillos y me encadenaba antes de obligarme a entrar en el lugar elegido para cumplimentar la reprimenda.
La primera vez que me quemó con su cigarrillo percibí el olor a carne asada que acostumbraba a oler los días en los cuales ella preparaba asado en la parrilla del fondo de casa y no me desagradó. Me quemaba las nalgas para que nadie viera mis heridas. Lo malo acontecía después, cuando al día siguiente yo debía ir al colegio, pues no me era fácil estar sentado. Las llagas se me pegaban a los calzoncillos y era muy molesta la sensación que me producían al tener que levantarme para dar una lección oral o cuando debíamos salir al recreo, pues la tela –que se había adherido- se separaba abruptamente produciendo un fuerte dolor.
Creo que lo que más desesperaba a mi madre era el hecho de que yo era incapaz de llorar –aún no puedo-. Imagino que, deseosa de doblegarme, sus castigos eran acordes a mis reacciones ante los mismos. Pienso que cuando una madre corrige a su descendiente, lo que espera es un llanto, un grito, un gesto defensivo. Pero nunca fue así en mi caso. Y no porque me agradara sentirme golpeado, quemado o roto. Sencillamente jamás tuve la capacidad de reaccionar como los otros niños. Nunca logré derramar una lágrima, ni siquiera cuando ella murió. O cuando la enterraron.
Recuerdo, divertido, que a los ocho años sufrí una caída importante en el campo de deportes del colegio primario y debí ser trasladado al sanatorio escolar. Mi espalda y mi pierna derecha estaban muy lastimadas por el golpe y sangraban en varios puntos. El médico que me atendió no lograba cerrar la boca y me miraba con ojos desorbitados cuando me vio desnudo. Mis nalgas –demasiado quemadas- lo volvieron loco. Llamó a varios doctores para que me auscultaran y, tras haberme curado las cortaduras nuevas, quedé al cuidado de un oficial de la policía. Después de un rato apareció una Asistente Social y me empezó a hacer preguntas. Yo decidí guardar silencio. No le dirigí la palabra ni una sola vez. Me pareció lo más lógico. Consideré que esas cuestiones las debía resolver mi madre, pues ella era el adulto responsable. Siempre me había dicho que los chicos no debían meterse en asuntos de grandes, así que yo apliqué lo que con tanto trabajo ella me había inculcado.
Me tuvieron en el sanatorio hasta que estuve curado. Después me llevaron a la casa de una familia sustituta elegida por el Juez de Menores. Estuve allí dos meses y medio. El matrimonio que me cuidaba tenía tres hijos más chicos que yo y les permitían acciones inconcebibles. Los hijos se comportaban como verdaderos cerdos. Eran caprichosos y no obedecían. Hablaban todo el tiempo a los gritos y se metían en las conversaciones de sus padres. Dejaban todo tirado. No ayudaban con las tareas hogareñas. Además eran malos alumnos.
A pesar de semejante indolencia, yo me mantuve siempre apegado a los hábitos de mi casa y fui –como de costumbre- utilizado como ejemplo frente a cada una de las indiscreciones de los infantes.
Más tarde me llevaron a casa otra vez. Mami estaba esperándome junto a un par de representantes del Juzgado. Se firmaron varios papeles en mi presencia.
Un par de semanas más tarde, esos personajes dejaron de aparecerse por casa. Mami volvió a ser la de siempre.
Me preocupé mucho cuando retorné, puesto que ella parecía una fiera enjaulada. Estaba descontrolada. Golpeaba las puertas, se encerraba en su dormitorio, arrojaba objetos contra las paredes. No parecía la misma mujer segura y firme que yo tan bien conocía. Los controles la volvían loca. Pero cuando “esa gentuza” –como ella los llamaba- dejó de presentarse a cualquier hora sin previo aviso, yo recuperé a la antigua mujer. Segura de sí misma. Fría. Exigente como nunca.
Debimos ambos seguir una rutina nueva. Se nos obligó a acudir a terapeutas profesionales para hacer psicoterapia individual y grupal. Allí desarrollé mis aptitudes histriónicas hasta extremos inconcebibles. El terapeuta estaba contentísimo con mi desenvolvimiento y comentaba que era prácticamente un milagro que alguien tan dañado físicamente como yo pudiera estar tan sano mentalmente. En las sesiones que compartía con mi mami, ella se portaba como toda una señora. Charlaba con el especialista de todo lo que nos había acontecido. Aceptaba sus maniobras y las definía como “errores que no pensaba volver a cometer”. Pero yo siempre supe que estaba fingiendo. Era realmente movilizador el verla tan segura del papel que le tocaba representar. Una actriz consumada.
Tras un período más bien prolongado consideraron que podíamos dejar las sesiones y volver a nuestra vida sin vigilancia de ninguna índole (nos dieron “el alta médica” ¡Ja!).
Por esa época yo ya había aprendido el sabor de hacerles cosas a los otros. Era una afición que había comenzado a los siete años y que se me estaba presentando como una especie de vicio. Mami lo sabía, estoy seguro. Pero jamás hablamos de ello.
Los castigos corporales –que habían cesado un año antes tras la triste historia de un vecino anciano y su perro chihuahueño- no retornaron tras la experiencia del psicólogo. No. Mami había dejado de utilizarlos y eso fue todo.
Mi vida siguió por carriles previsibles. Mi adicción ya estaba asentada. Mamá continuó obteniendo de mí la respuesta hogareña que esperaba. Mis acciones extracurriculares nunca estuvieron ligadas a mi relación materno-infantil. Sencillamente estaban ahí.

5 – MASDEVALIA FLORIBUNDA

El Chino me vino a buscar esa noche. Nunca entenderé por qué. Pero a eso de las dos de la mañana comenzó a golpear la puerta de casa y a gritar mi nombre. Cuando abrí me encontré con su figura desalineada y un fuerte olor a alcohol me golpeó la cara.
-       ¿Qué querés?
-       Quiero saludarte.
-       Andá a tu casa, Chino.
-       No. No. Quiero saludarte
A pesar de mi insistencia, se puso a empujar la puerta con todo el peso de su cuerpo y a repetir “Quiero saludarte. Te saludo y me voy. Dejáme pasar. Dale”
Una brillante idea me asaltó y lo hice entrar.
Bamboleándose, llegó hasta el sillón de la sala de estar y se desplomó. Estaba totalmente borracho. Decía que me quería y que sólo deseaba saber que yo estaba bien. Después se puso a canturrear una canción. Le abrí un ojo con los dedos y vi que tenía las escleróticas muy rojas. “Fumó porro” me dije. Me senté a su lado y traté de sacarle información. Después de un rato conseguí averiguar que había roto con su novia y que se había emborrachado solo en una plaza. Había venido porque me quería saludar. Decía que nadie lo entendía, que nadie lo quería, que estaba más solo que un perro abandonado.
Busqué una botella de whisky y se la di.
Mientras bebía yo le palmeaba la espalda y le daba ánimos. Se largó a llorar antes de desvanecerse.
Pobre Chino. Buen muchacho.
Fui al desván y busqué lo que precisaba. Cargué todo en la camioneta.
Después levanté al Chino por la axila y lo acomodé en la parte trasera.
Manejé hasta un campito cercano en el cual sólo había vacas desperdigadas. Lo bajé y lo acomodé sobre el pasto. Me puse los guantes quirúrgicos. Le quité la ropa. Le abrí los brazos y las piernas y tras clavar unas varas lo estaqué al piso. Él seguía inconsciente. Le rellené la boca con algodón envuelto en gasa.
Cuando estuvo listo empecé mi trabajo.
Había traído el bisturí que me había robado del Hospital la vez que acompañé a un compañero de la Facultad que se había quebrado una pierna. Calculé bien el sitio en el que había de accionar y le hice la incisión en “Y” tal como había memorizado en los libros de anatomía, la que se hace en las autopsias. El Chino despertó por el dolor. Trató de gritar. Se sacudió como loco. Sus ojitos rasgados se rasgaron aún más hasta transformarse en dos rayitas ínfimas. Se le caían las lágrimas y le rodaban a los lados de la cara redonda y plana como riachos.
Cuando empecé a separar los tejidos de las costillas se desmayó.
Estuve un buen rato trabajando. La fuerza que debí hacer me hizo sudar. Pero la situación lo ameritaba. Su corazón todavía latía cuando seccioné arterias. Fui removiendo cada uno de sus órganos y los acomodé a los lados del cuerpo. -Lástima no haber tenido una sierra para cortarle la calota craneana y poder así quitar también su cerebro-. Al cabo de una hora y media ya mi labor estaba terminada.
Antes de darle el toque final le corté las yemas de los dedos y le aplasté la cara con un mazo. Después lo rocié con kerosene y le prendí fuego.
Regresé a casa con las primeras luces.
Lavé el bisturí y el mazo en la pileta del lavadero. Metí mis ropas en la secadora y después, a eso de las diez de la mañana, les prendí fuego junto con los guantes y las pertenencias del Chino en la parrilla del patio trasero. Agregué carbón y tacos de madera para que los vecinos pensaran que estaba por cocinar un asado a fuego lento. De hecho la idea me agradó tanto que, cuando las brasas estuvieron a punto acomodé unos trozos de carne y dos chorizos encima.
Fui a bañarme. El agua caliente me abrió el apetito.
Preparé una ensalada mixta.
Alrededor de las doce del día ya el asadito estaba listo.
Almorcé.
Siempre había querido practicar una autopsia. Me congratulé por haber aprovechado tan bien una oportunidad tan grata. Generalmente, cuando las cosas se presentaban así yo las disfrutaba mucho más que cuando debía hacer preparativos previos, vigilar las vidas de los otros para aprender sus movimientos, y hasta generar los encuentros. Pero este había sido un regalito tan inesperado que me resultó de lo más satisfactorio. El Chino, además no era mi amigo ni nada parecido. Si sabía mi dirección era porque un par de veces vino con el amigo de un amigo a cebar unos mates a casa mientras nosotros preparábamos materias para la Facultad. Era un buen chico. Pero perdido para el futuro. Sin trabajo. Adicto. Borrachín. Se la pasaba de juerga en juerga. Si no lo mataba yo tarde o temprano se lo iba a llevar la cirrosis.
Desde la muerte de mi madre cada vez que se me presentó una posibilidad llevé a cabo mis ejercicios. Son lo único que me produce placer. Mi casa fue mi santuario y me permitió desarrollarme en el aprendizaje de nuevas técnicas porque nadie me controló más los tiempos ni las actividades. Es bueno vivir solo. Es cómodo. Vivo de rentas. Tengo Internet. Siempre gocé de buena salud. Estudié Abogacía. Mi mayor deseo fue hacer la carrera de Juez de la Nación, y, al paso que iba, es probable que lo lograra bien pronto.
Mi madre estaría orgullosa de mí, pero ella ya no está. Además ya no me importa. Sinceramente no me importa nadie. Ni nada.
Lo único que preservo es mi adicción. Y la disfruto como nadie. Soy un artista.

6 – ONCIDIUM BIFOLIATUM

Mi primer asesinato estuvo íntimamente relacionado con una tarea escolar. Como me habían encomendado armar un herbario me pasé varios meses recorriendo el barrio en búsqueda de hojas y plantas diversas. También iba de casa en casa solicitando a los vecinos si me podían dar alguna flor exótica o preguntándoles si tenían por casualidad alguno de los especímenes que me faltaban para completar la tarea. Pude así recolectar muchos ejemplares de los más diversos tipos. Monocotiledóneas, dicotiledóneas, perennes, con floración sistemática o no, parciales y hasta muestras completas con raíces incluidas. Fue divertido. Pero también resultó un excelente método de investigación para lo que deseaba llevar a cabo. Sencillamente la posibilidad de observar a todos sin ser observado se me apareció como una excitante novedad. Pude así determinar horarios y movimientos, costumbres y manías salientes en el domicilio que me desvelaba. Pasaba continuamente por la puerta del vecino que poseía ese horrible chihuahueño que había decidido destruir. El viejo no sólo me saludaba sino que también colaboró con varios malvones y un hermoso helecho serrucho. También me mostró su colección de sombreros y me contó divertidas historias relacionadas con la metodología que había utilizado para conseguirlos. Llegué a preguntarme si él y yo no seríamos quizá bastante más parecidos de lo que había imaginado, pero comprendí la estupidez de semejante idea al verlo acariciar al feo monstruito con la vehemencia con la que se acaricia a un hijo dilecto.
El perro me detestaba tanto como yo lo detestaba a él. Y me lo hacía saber mediante ladridos destemplados y la irrisoria exhibición de sus pequeños dientes de pacotilla.
Conocí -gracias a mis investigaciones infantiles- los horarios y las actividades del anciano. Mi corta edad me hacía digno de todo tipo de confidencias. Nadie hubiera podido imaginar lo que se estaba gestando en mi mente.
En mí se estaba operando una de las más increíbles iluminaciones. La posibilidad de averiguar tantas cosas que me fueron útiles al momento de llevar a cabo mi ejercicio se me presentó como una puerta abierta a muchas otras actividades que habría de llevar a cabo en el futuro. Por supuesto, comprendí que antes de hacer había que aprender. Que no se podía uno arriesgar a nada sin antes haber ejercitado un estudio riguroso de la locación, los horarios, los gustos y disgustos de quienes rodeaban a la víctima. Y en casos posteriores también fue necesario analizar también al futuro ajusticiado. En lo referente al chihuahueño me bastaba solo con saber que era ruidoso e histérico, cosa que se observaba a simple vista. Lo que era una gran ventaja, pues nadie le prestaría atención al oírlo ladrar. Se pasaba el día gritando como un lunático. Era una caja llena de ruidos desagradables que se sacudía y temblequeaba sin cesar.
También fue útil para mí el haber aceptado las invitaciones del viejo para ver su colección, pues pude así observar la disposición de su casa y considerar el método de ingreso a la misma.
El éxito de mi primera misión fue tan grande que decidí aplicar el mismo modus operandi en todas las ocasiones en las que decidiera ejercitar mi poder sobre alguien. Es por eso que siempre he tenido extraordinarios resultados en todas mis propuestas extracurriculares.
Otra de las cosas que aprendí fue el arte de la manipulación y el histrionismo. Sé que soy por naturaleza inexpresivo, que no tengo sentimientos como los otros. Pero desde pequeño he sabido mostrarme lo más normal posible frente a los demás. Salvo honrosas excepciones he fingido como nadie lo que creía que debían ser la cara y los gestos oportunos en cada ocasión que así lo ameritara. Con los años he acabado por ser un eximio artista de la simulación. Y siempre el método eficaz ha estado basado en la obsesiva y detallada observación de caracteres. Es así como uno puede aprender a determinar qué clase de sentimiento es el adecuado para cada situación. Sé también que uno de los valores más preciados que poseo es mi amable predisposición hacia los demás. Soy atento, solícito, educado, medido. Nadie hay más simpático ni querible que yo.
A la única que no engañé jamás fue a mi madre. Ella siempre supo que mis actitudes eran racionalmente elaboradas, que no nacían de mis profundidades emotivas. ¿Cómo engañar a quien ha interactuado con uno desde el primer segundo en esta tierra? A pesar de ello, jamás mamá hizo un solo comentario en lo que a mi persona profunda se refería. Nunca dijo nada. Pero me castigó cada vez que sospechaba un desliz, una inconveniencia, una inapropiada respuesta a esa realidad que a ella le parecía adecuada.
Sus silencios no me interesaban en lo más mínimo. Y sus castigos me sirvieron solamente para templar mi carácter hasta extremos de dureza inconcebibles. Fue bueno probar mi superioridad a través de la tortura y el dolor. Mi incapacidad para llorar y mi capacidad para obligar a otros al llanto más inconsolable se tocaron como la cabeza y la cola de la Ouróboros.
Romper los esquemas sin romper los esquemas.
Dos acciones tan incompatibles que brillaron cuando hallé la metodología óptima para lograr sintetizarlas en una sola.
Que el más amado te destroce. Que el más dulce te arranque los dientes con una pinza. Que el más simpático te clave un cuchillo entre las costillas. Eso es la síntesis deseada. Es la vida. Es fecundar a Melpómene y dar a luz a un demonio.

7 – AZAHARES

Entre las maravillas del mundo se hallan las flores. Diestras en el derramamiento inconmensurable de colores y perfumes, son ellas las silentes exclamaciones del Universo que despiertan en nosotros –pobres seres incapaces- infinidad de estímulos. Y es a través de ellos que nos desenvolvemos cuando la vida cotidiana no nos ha sumido de antemano en la desesperanzada y descolorida rutina que entumece nuestros sentidos.
De todas las flores, los azahares se destacan por su exquisito y envolvente aroma. En primavera -cuando los jardines se colman de capullos- son los azahares los más arrobadores y demenciales. Su fuerte olor se expande como una invisible niebla sobre grandes distancias y aroman los rincones más alejados. Es ese profundo y pegajoso perfume el que hace brotar en la piel un incontrolable deseo de estar en otro sitio.
Cientos de insectos y picaflores se arremolinan en derredor de ellos en una danza enloquecida por libar sus más recónditos elixires. La vida parece despertar y agitarse en ese incontrolable bailoteo caníbal.
Fue en Primavera precisamente cuando -embriagado por el perfume- decidí actuar.
Estaba en cuarto año del Secundario. Mis calificaciones habían sido excelentes. No me sentía obligado a estar pendiente de los estudios, así que había comenzado una serie de investigaciones que desembocaron en el siguiente resultado: mi objetivo acostumbraba a quedarse solo los domingos en una pequeña finca cercana a General Rodríguez. Esa costumbre inveterada fue un excelente estímulo para obrar. Después de tantas observaciones y comprobaciones había llegado el momento. Y el perfume me acababa de dar el empuje que precisaba. Ese perfume agotador, asfixiante. El que llenaba el aire que rodeaba el lugar de descanso de mi futura víctima.
El jardín del frente estaba colmado de naranjos y limoneros. Fue en medio del éxtasis que dirigí mis pasos hacia la puerta de su casa. Sabía que el hombre estaría solo. Pasadas las nueve de la noche acostumbraba tumbarse en un sillón de la sala de estar y escuchaba cumbias a todo volumen. Siempre con varias botellas de cerveza a su alrededor, las que iban vaciándose a medida que las horas transcurrían. Habitualmente se desplomaba alrededor de la medianoche y dormía su borrachera tendido de cualquier modo en el viejo mueble.
Yo esperé pacientemente sentado cerca de la ventana, mientras el olor de las flores me sofocaba.
Varias cuestiones ayudaban a mi propuesta. No había animales domésticos, así que no debí llevar ningún tipo de tranquilizante ni carne picada. La casa más próxima estaba a más de un kilómetro, con lo que no habría intervenciones inesperadas de algún vecino curioso en caso de ruidos. El cretino era sistemáticamente odiado por sus familiares –quienes ni en sueños se aparecerían por allí-. No tenía amigos, ni mujeres ni nada.
Cuando se durmió abrí la puerta del frente –que siempre dejaba sin llave debido a la seguridad que le daba la soledad del lugar-.
Con un escalpelo en la mano –por si despertaba- lo sacudí para comprobar el buen efecto del alcohol. No se inmutó. Solo se repantigó un poco y siguió durmiendo. Aproveché para desnudarlo y atarle manos y pies con cinta de embalar. Lo acomodé a lo largo del sofá. Después comencé mi trabajo.
Había analizado ciertas prácticas antiguas y me había provisto de los elementos acordes para llevarlas a cabo. Las cumbias seguían sonando en el aire y llenaban la noche con sus desafinados acordes. Al pobre le gustaban las cumbias villeras. Los Pibes Chorros, Damas Gratis, El Traidor y Los Pibes. Resultaba ciertamente sugerente efectivizar mis prácticas al son de semejante acompañamiento.
Cuando empecé a cortarlo se despertó sobresaltado y abrió los ojos desmesuradamente. Con su mirada enloquecida pudo observar lo que le estaban haciendo. Empezó a gritar como un demente. Me insultaba. Después pedía por favor que lo dejara tranquilo, que no le hiciera daño. Se sacudía mucho, pero yo lo había atado al mueble sobre el que yacía y no logró escapar.
Comencé arrancándole largas tiras de piel. La poca sangre que derramaba se secaba rápidamente y daba paso a un líquido blanquecino. Los primeros cortes fueron quizá demasiado profundos, pues mancharon el piso más de lo que había esperado. Pero, a medida que continuaba con lo mío, también iba perfeccionando la técnica. Previamente me había envuelto el cuerpo y los pies con bolsas de plástico sostenidas por la misma cinta que había utilizado para inmovilizarlo. Guantes quirúrgicos envolvían mis manos. Al rato ya le había despellejado el pecho y los muslos.
Cuando se desmayó lo abrí al medio y le retiré los órganos uno tras otro. Como de costumbre, los acomodé a su alrededor.
Después me fui.
El perfume me siguió todo el camino hasta un paraje salvaje en el cual me deshice de los plásticos y los acomodé dentro de un bolso que había dejado allí de antemano.
Caminé bastante dando rodeos antes de llegar a mi camioneta.
Ya en mi domicilio me duché para librarme del olor a azahar.
Después me acosté.
Sé que soñé con pájaros de mil colores.

8 – FLOR AZTECA

En la antigüedad las tribus primitivas honraban a sus mayores. Los consideraban como mentores y guías espirituales para la consecución de sus propios designios vitales. Cada logro era festejado por los adultos y ancianos porque representaban identidad compartida. Todos los actos de los jóvenes eran simplemente derivados del aprendizaje de las tradiciones y las técnicas a través de las cuales se aseguraba la prolongación del grupo a través del tiempo. No se aceptaban diferentes modos de ver la realidad. Lo que más importaba era la preservación del clan y a ello iban dirigidos los aprendizajes. Aun cuando cualquiera de los integrantes más jóvenes intentara modificar alguna de las costumbres, la tribu seguía comportándose del modo en el que los ancestros habían ya instituido. Era un simple método contra la autodestrucción.
Sabido es que eso no preservaba a las agrupaciones del deseo de crecer y extenderse. Por lo tanto siempre se aprovechaba a los más violentos y atrevidos para formar parte de un subgrupo: el de los soldados conquistadores. Siempre hubo agresivos. Pero en la antigüedad eran estos quienes estaban a cargo de servir a la comunidad aumentando las riquezas, los territorios y los esclavos.
Gran sabiduría la de los que nos precedieron en la Historia de la humanidad. Se les enseñaba el arte de la guerra y la conquista y de ese modo se les permitía ejercer su saña en pro de la comunidad.
Con el desarrollo de la civilización las cosas comenzaron a mezclarse. El poder detentado otrora por los más salvajes fue dando paso a otro tipo de control: el de los más inteligentes. Mas luego vendría el de los más astutos. Hoy en día está en mano de los más adinerados.
La vida, a pesar de todo, sigue siendo un campo de batalla en el cual sobreviven los más aptos. Es cierto que han variado las capacidades, pero cuando nos ponemos a observar de cerca las interrelaciones humanas logramos adivinar que el terror primigenio se basó siempre en la posibilidad de ser doblegados por quienes detentaran la fuerza bruta. Es por eso que existen leyes que impiden a los más fuertes la posibilidad de ejercer violencia en detrimento de los débiles.
En esta sociedad en la cual todo está etiquetado y controlado existen -a pesar de todo- seres que no responden a los dictámenes generales de desigualdad. Seres que no están interesados en la moral ni en las legislaciones. Son personajes que no temen a nada ni a nadie. Extienden sus facultades a lo largo de sus vidas en silencio y a oscuras para que no los puedan atrapar. Pero sus habilidades no son las que la sociedad halagaría con premios y fanfarrias. Tienden a mostrarse en público como parte del ganado pero saben en lo profundo de sus corazones que no pertenecen al rebaño.
Su característica saliente es el ansia de realizar lo que les produce placer. Pero no un placer común. No. El placer es para ellos un continuo intento de hallar alguna sensación. Les resulta sumamente dificultoso pues carecen de sentimientos. No lloran ni ríen. No temen. No se apasionan por nada. Los médicos dicen que responden a una falencia química en sus cerebros. Puede ser. Pero están allí, confundidos entre millones de personas comunes que ni siquiera sospechan sus existencias.
Cuando pienso en mi madre comprendo que ella se pasó muchos años intentando refrenar en mí lo que presuponía que yo traía tatuado en los genes. ¿Cómo lo supo? Su certeza iba más allá de cualquier sospecha. No era una simple aprensión. No. Ella estaba segura.
Los primeros años de mi vida fueron una serie infinita de golpes y pequeñas torturas que intentaron refrenar lo que ella pensaba que se desarrollaría si no actuaba con mano firme. Mis recuerdos más añejos están colmados de puñetazos, cachetadas, tirones de orejas, quemaduras de cigarrillos. Ella era sutil y vehemente. Cada golpe, cada quemadura estaba bien ubicado en mi cuerpo. Nunca podrían los otros sospecharlos pues era una artista para efectuarlos en lugares en los cuales ningún ojo extraño pudiera hallarlos. En las nalgas, en las plantas de los pies.
Su vehemencia me parecía algo natural pues jamás había yo conocido otro sistema de crianza. Era por eso que no sólo no me oponía a los castigos corporales sino que me parecían algo lógicos y hasta necesarios. A veces me preguntaba si era preciso ser tan extremista en su ejecución, pero después terminaba por comprender –o racionalizar- que por algo ella operaba así en mí. Con los años se me empezaron a aclarar las ideas. Eso sucedió después de mis primeras expansiones. Tras la intervención de un Juzgado de Minoridad ella abandonó totalmente la metodología habitual y la transformó. Sus castigos empezaron a ser intangibles. La tortura pasó a ser psicológica. Fue allí cuando advertí que, si antes me resultaba duro el sobrellevar mi relación con ella, entonces se me presentó como algo superior a mis fuerzas.
Mamá dejó de golpearme después de cumplir mis siete años de edad.
De allí en adelante tuve que soportar otro tipo de vejámenes. Castigos mucho más suaves –a juicio de cualquier mirón externo- pero mucho más insoportables para mí. Cada vez que consideraba que mi comportamiento no había sido de su agrado, ella me impedía ingerir alimentos por varios días, me volaba los sesos con continuas cantaletas dirigidas a imprimir buenas costumbres en mi mente, o no me hablaba por semanas. Era como vivir solo en el inmenso caserón que compartíamos. En esas ocasiones no cocinaba para mí, no lavaba mis ropas, no me despertaba para que pudiera asistir a la escuela. Con lo que yo me veía obligado a rebuscármelas solo, pues, de no cumplimentar mis obligaciones diarias los castigos se tornaban mucho más severos aún. La vez que lo intenté ella desconectó el suministro de agua caliente –era Invierno- y debí bañarme con agua helada durante una semana.
A pesar de todo, sus métodos me ayudaron a agilizar mis capacidades. Aprendí a cocinar, a lavar mi ropa, a soportar el frío. De niño inconsciente me transformé en una especie de infante superdotado que todo lo podía.
Además de las labores caseras concurría a la escuela, era uno de los alumnos más brillantes y me comportaba como un adulto frente a los mayores. Siempre me mostraba respetuoso y obediente, lo que logró que fuera muy apreciado por mis docentes y pares.
La vida tiene sorpresas. Y la que más me golpeó aconteció el día en el cual debí estar a cargo de recibir a un par de plomeros que vinieron a casa a reparar el desagüe de la pileta de natación que teníamos en el jardín del fondo de casa.
Mamá había salido y fui yo quien debió atender a los hombres que llegaron munidos de sendas palas y con varios adminículos totalmente nuevos para mí. Mientras trabajaban les serví unas bebidas refrescantes –era Verano- y aproveché para preguntarles todo lo que vino a mi mente.
Los hombres cavaron al costado de la piscina y dejaron al descubierto un caño que –según dijeron- estaba quebrado. Mientras tal hacían encontraron un pequeño cofre de metal. Estaba enterrado a unos quince centímetros por debajo de la superficie. Me lo dieron. Creo que de no haber estado yo presente se lo habrían guardado. Yo me separé de ellos y fui al lavadero a limpiarle el barro que lo recubría. Estaba envuelto en un plástico transparente. Decidí guardarlo y no comentarle nada a mi madre. Era realmente un elemento que despertaba mi imaginación. Quería abrirlo cuando me hallara solo y ver qué contenía. Pensé que podrían ser joyas o dinero. Obviamente si así hubiera sido iban a terminar en manos de mi madre pues jamás se me habría pasado por la cabeza el guardarme semejantes cosas. Pero la sensación de tener algo nuevo para hacer me refrescó el deseo de investigar y –como suponía que mamá no retornaría hasta muy tarde- esperé a que los hombres se fueran para llevar a cabo mi travesura.
Yo ya no era un niño pequeño. Tenía dieciséis años. Mamá hacía tiempo que no se preocupaba demasiado por mí. Desde mi ingreso a la escuela secundaria mi vida había sufrido un importante cambio en lo referente a nuestras relaciones. Ella simplemente se había desentendido de mis miserias. Había considerado que ya había hecho todo lo que podía. Que mi nuevo statu quo había determinado un necesario cambio en sus responsabilidades y me había abandonado a la buena de Dios.
Yo para ese entonces vivía con ella pero vivía solo. Cada uno poseía un ala de la casona para uso particular. Los horarios en los cuales yo me cocinaba ella estaba empleada en vaya uno a saber qué asuntos. Poseíamos dormitorios con baños en suite. Yo me ocupaba de mis ropas y de mi alimentación. Todo lo referente a mis tareas escolares corría exclusivamente por mi cuenta. Si precisaba dinero simplemente escribía la cantidad en un cuadernillo que había sobre la heladera -especificando los usos que le daría- y al día siguiente encontraba un sobre con la suma requerida sobre la mesa de la cocina.
Cuando los obreros se retiraron me encerré en el dormitorio y abrí el cofrecito. Tuve que utilizar una palanca pues no tenía la llave. Dentro hallé recortes de diarios. Todos hacían referencia a diversos sucesos acaecidos antes de mi nacimiento. Había muchos. El lineamiento temático se relacionaba con muertes cuyos autores no habían podido ser hallados. Existía en todas ellas un modus operandi común. Se caracterizaban por el salvajismo en la ejecución. Y lo que no permitía hallar a los factótum era la falta de motivos. A pesar de haber tratado de relacionar cada asesinato con algún familiar o enemigo jamás se había logrado una firme probatoria en las investigaciones policiales que permitiera encarcelar a ninguno de los sospechosos.
Anoté en un cuaderno las fechas, los nombres y los lugares. La metodología era variada, pero su común denominador estaba basado en la administración de la misma droga a cada una de las víctimas. Los especialistas comentaban que era un elemento que los inmovilizaba. Por eso decían que quien los había matado se los inoculaba – no especificaban el nombre- antes de ejecutarlos. Las muertes eran casi siempre por asfixia. En los recortes no se hablaba de un solo asesino, pero la simple circunstancia de que estuvieran todos juntos permitía considerar esa posibilidad. Las fechas no tenían ningún orden especial ni respondían a algún período lunar o cosa semejante.
Lo que más me llamó la atención fue que el último cadáver había sido hallado casi un año antes de que yo naciera.
Debajo de los recortes había un sobre amarillo. Dentro hallé el obituario de mi padre. También los resultados de la autopsia que le habían realizado. Por lo que leí pude entender que papá se había ahorcado en casa a poco de cumplir yo mi primer año de edad. En los resultados forenses se especificaba que antes de quitarse la vida había ingerido una gran cantidad de barbitúricos.
Mi cabeza funcionaba como una locomotora. Las ideas daban vuelta dentro de mi cráneo como en una centrifugadora.
No precisé elucubrar demasiado para entender el porqué de mi crianza. Me fue fácil asumir la verdad. Y lo peor de todo fue que no me asombró para nada.
Escuché ruidos en la planta baja. Mamá había vuelto.
Decidí guardar para mí su secreto. Ella no merecía saber lo que yo sabía.
Volví a colocar todo como lo había hallado dentro del cofre y añadí el cuaderno en el cual había anotado los datos salientes de cada caso.
Nuestra vida siguió siendo la misma hasta el día en el cual ella decidió quitarse la suya. Colgándose del mismo árbol del cual se había colgado mi padre, tras ingerir una gran cantidad de barbitúricos.
Yo tenía veintidós años.
Tras su muerte quemé el contenido del cofre en la parrilla del fondo.
No había necesidad de recordatorios. El círculo que ella había iniciado lo había cerrado yo.

9 – STANHOPEA TIGRINA

Una vez un amiguito me contó una historia. Ambos éramos muy pequeños. Fue durante la escuela primaria. Él decía que los gatos eran enviados extraterrestres. Su teoría era realmente demencial, pero me agradó sobremanera. Según sus cálculos, los gatitos caseros eran una especie de espías alienígenas, encargados de vigilar a la raza humana. Bien sabido es que los felinos siguen a sus propietarios por toda la casa y los observan con esos ojos tan especiales. Según mi compañero eran cámaras con las que controlaban cada una de las actitudes de los “nativos”. Su cuento se bifurcaba por exóticos caminos. Decía que, durante las noches, ellos salían a rondar por techos y raros parajes alejados de sus propias moradas para obtener más información. Que desde naves nodrizas se estudiaban todas las imágenes captadas y se determinaban los diferentes caracteres de quienes estaban siendo analizados. Proponía que, a diferencia de lo que nos muestran a través de las películas –en donde los alienígenas son exhibidos como seres deformes mezcla de reptil y repugnante homúnculo- los verdaderos habitantes de otros mundos eran en realidad grandes gatos, inmensos felinos con una inteligencia superior. Y que ese era el motivo por el que utilizaban a los pequeños e indefensos animalitos en nuestro planeta, para que fuéramos acostumbrándonos a esas presencias silentes. Pues el día en el que decidieran tomar posesión de la Tierra, los verdaderos exponentes aparecerían y -basándose en los estudios realizados a través de sus “mascotas”- quienes hubieran sido solícitos, cariñosos, amables, y hubieran cuidado a sus gatitos no serían destruidos. Por supuesto, también desarrollaba una descripción del modo en que los infames maltratadores de gatos serían aniquilados. Se basaba en la minuciosa observación que había realizado de su propia mascota en el momento de atrapar a diversos pájaros en el jardín de su casa. Según él, perseguirían a sus presas acechándolas hasta darles alcance. Después jugarían con ellas un rato revoleándolas, soltándolas, volviendo a atraparlas hasta dejarlas exánimes. Y por último las devorarían. O las abandonarían medio muertas, quebradas, sangrantes para ir en busca de otras.
Mi imaginación se tiñó por esa época con sus relatos fantásticos. Tanto, que comencé a observar yo también las actitudes de los felinos que me cruzaba por las calles. Trataba de ir a jugar a la casa de amiguitos que poseyeran gatos para así poder interactuar con ellos ‘a piacere’. En ese momento comprendí que el pequeño inventor de historias inverosímiles podía no estar tan errado. Pues los gatos son seres maravillosos. Flexibles, sigilosos, concentrados, dominadores de cada uno de los músculos de sus cuerpos. Bellas bolas de sedosos pelos agazapadas sutilmente en el momento previo a la cacería. Inconcebibles saltos que maravillan, saltos que se parecen a vuelos despojados de alas. Sonrisas eternas en sus caras misteriosas. Ronroneos de felicidad inexplicables. Serenidad a prueba de terremotos. Sus ojos seriamente parecen cámaras que ajustan obturadores secretos para lograr acomodar las lentes a diferentes distancias, para lograr definir con precisión objetivos lejanos.
Fue entonces cuando comencé a leer acerca de ellos en enciclopedias, en novelas, en cualquier documento que llegara a mis manos. Fui a la Veterinaria del barrio y le hice  millones de preguntas al dueño del lugar, quien me facilitó un libro muy interesante. Mi fascinación comenzó a llenarme los días y las noches. De hecho era yo muy pequeño, pero eso no obstaba para que mi afición se volviera casi una religión. Me obsesioné. Tanto que mi madre llegó a pensar que lo que yo sentía era puro y llano amor por las bestezuelas.
Había leído que los Egipcios consideraban a los gatos como a Dioses. De hecho habían construido templos para ellos. La Diosa Bastet era una mujer con cabeza de gato. Se les hacían ofrendas para tenerlos felices. Lógicamente esas bellezas de ojos increíbles no podían pasar inadvertidas para una raza tan avanzada.
Más tarde fueron asesinados ritualmente junto a las brujas, durante la Edad Media. Ese período oscuro de la historia del Mundo en el cual todo lo que no se pareciese a la religión oficial era considerado una herejía. A los felinos se los tildaba de enviados del Demonio. Sus ojos hipnóticos, junto a sus costumbres noctámbulas los hacían sospechosos de tratos con el Maligno, quien por definición, era el habitante de la noche y la oscuridad.
Para mí fueron solo un hermoso motivo de estudio, y fueron lentamente generándome un respeto colmado de solemnidad.
De hecho mamá jamás me permitió tener mascotas, así que yo debía consolarme con los callejeros y con los que habitaban en las casas de mis compañeritos del colegio.
Después de la muerte de mi progenitora adquirí dos. Un Mau Egipcio y un callejero. Me pareció divertido hacer convivir bajo el mismo techo a uno a quien habían considerado desde tiempos añejos como a un Dios y a otro que había perdido a sus ancestros en cacerías de brujas.
Es por eso que jamás dañé a ninguno. Siempre respeté su señorío por encima de todo.
La majestad de los gatos me impulsaba a considerarlos más como semejantes que como ejercicios o divertimentos. Me identifiqué inmediatamente con ellos por la frialdad con la que cazan, torturan y descuartizan a sus víctimas. Tras lo cual ronronean de satisfacción.
A través de sus ojazos puedo ver mi propia mirada. Mis manos parecen garras al someter y romper a mis especímenes. Mi cuerpo flexible siente el poder de la conquista cada vez que ejerzo control sobre los otros.
Los gatos, esos extraterrestres en miniatura –según mi ya lejano amiguito- detentan un misterio que los mortales no lograron descifrar jamás. Sociales y salvajes a la vez. Esconden sus designios tras cálidos cuerpos caseros que se desdoblan en sanguinarios asesinos cada vez que llevan a cabo sus rituales de sangre y muerte.

10 – GLADIOLOS

A pesar de lo que la gente cree, los psicópatas no siempre se aíslan del mundo. Tampoco son seres detestables, agresivos, oscuros. No es cierto que debido a su desorden de personalidad sean incapaces de mantener relaciones satisfactorias con quienes los rodean.
En realidad la psicopatía se presenta de diversos modos, acorde a la gravedad de la misma. También es importante considerar la capacidad intelectual del afectado. En la mayoría de los casos se los identifica con personajes siniestros, con deficiencias mentales marcadas. Por desgracia, y debido a Hollywood, generalmente son mostrados como seres impiadosos, sin orden ni concierto en su quehacer, desordenados y fáciles de capturar.
Hubo en el país uno muy famoso de quien se escribió mucho y hasta se filmó una película: El Petizo Orejudo. Era este uno de los especímenes que el público reconoce como paradigmático. Sufría de un retraso mental agravado por su apariencia. El hombre murió en la cárcel más austral del mundo tras haberse llevado a varios mientras estuvo libre. Si tardaron en hallarlo fue más bien por incapacidad de los servicios del orden que debido a sus increíbles dotes para despistar a sus perseguidores. Nadie concebía que semejante botarate fuera capaz de matar ni siquiera a una mosca.
Por el contrario la mayoría de los que se hallan bajo la denominación de psicópatas pasan totalmente desapercibidos. Puede sonar extraño, pero casi todos los que nos rodean sufren de ese desorden en cierta medida. ¿O acaso no nos encontramos muchas veces fingiendo que nos agrada lo que nos desagrada y escondiéndonos tras máscaras que nos cubren y nos hacen parecer mejores de lo que somos simplemente para obtener resultados que, a la hora de considerar su importancia, no son más que simples juegos de poder?
El verdadero psicópata es alguien que presenta deficiencias funcionales y estructurales en las regiones anteriores del cerebro, una disfunción fronto-temporal que dificulta el establecimiento de inhibiciones conductuales o control de estructuras subcorticales filogenéticamente más primitivas, como la amígdala. Es decir que cuando hablamos de esta afección nos referimos específicamente a un problema neurológico complejo, a un desequilibrio químico en el cerebro.
Cualquiera podría pensar que vivir del modo que elegí debe acarrearme problemas innumerables. Se equivocan de palmo a palmo. Mi vida es tan buena como la de los demás. Tengo un grupo de amigos que me acompañan desde mi más tierna infancia. Gozo del cariño de todos ellos. Los que -sin ser de mi círculo- se relacionan conmigo me ven como a una persona de lo más agradable. Jamás tuve problemas de relación con el medio. Fui impecable en mis estudios, me destaco en actividades físicas de toda índole, tuve varias novias que me amaron incondicionalmente, mi trabajo es realmente interesante y lo ejecuto con excelencia. Si algo hay de psicopatía en mí, está lo suficientemente oculto como para que nadie sospeche de mis aficiones secretas. Si ejecuto cada tanto uno de mis “ejercicios” lo hago sencillamente porque me resulta excitante. Es maravilloso llevarlos a cabo tras largos períodos de investigación y aprendizaje. De hecho me voy transformando cada vez más en un profesional. No me interesa que los otros sepan nada acerca de mi afición. No guardo ‘souvenirs’. Soy un perfeccionista que no deja cabos sueltos. Me envanezco por la excelsitud de mis hábitos íntimos.
Sé que soy un gran manipulador de caracteres. Es imprescindible para mí conocer tanto las circunstancias como las personalidades del ámbito en el cual me muevo. Pero si eso es sinónimo de psicopatía, podría decir que el noventa y nueve por ciento de los habitantes del planeta lo son.
En cuanto a mis incapacidades sólo puedo aseverar que no me es posible tener ciertos sentimientos considerados vulgares. No puedo llorar ni empatizar. No sé qué es el amor. Desconozco la compasión. Nunca he logrado divertirme plenamente salvo cuando ejecuto a alguna de mis víctimas. Solo entonces reconozco un maravilloso temblor interior que –acorde a lo que me han contado- se asemeja mucho al que los otros sienten cuando están enamorados -ese aleteo de mariposas dentro del vientre, esa insoportable necesidad de reír a carcajadas, la piel del cuerpo erizada como cuando uno se mete al mar y descubre que está demasiado frío-.
Cuando ejerzo mis cualidades soy el único que importa. Y mis deseos son los que prevalecen. Disfruto mirando los ojos de quien sufre bajo mi mano, como si fuera una virgen a punto de ser penetrada en el lecho nupcial por el hombre de sus sueños. Los gemidos y los espasmos me elevan por encima del Cielo de los Justos. La sangre derramada es para mí como el perfume de todas las flores. Se derrama inconmensurable hasta llenarme los pulmones con su fragancia fresca.
Matar es como una danza ejecutada por un bailarín eximio quien asesta a su pareja los golpes majestuosos necesarios para que el conjunto se transforme en una obra de arte.
En fin, soy uno más que se pierde en la ciudad. Alguien sin cara, sin olor, sin color. Sólo existo para los que comparten mi ruta desde siempre. Y ellos me aman. Sus vidas no tendrían sentido si nos separaran.
Hemos conversado en diversas ocasiones acerca de la posibilidad de distanciarnos –por un trabajo o algo parecido- y hemos estado todos de acuerdo en que sería una tortura vivir alejados unos de otros.
Mis amigos son cinco: Homero, Kevin, Patricio, Deidre y Ariadna.

11 – MILTONIA CANDIDA

Cuando enterraron a mi madre, el cementerio estaba colmado de caras conocidas. Mis amigos de siempre, algunos docentes que me bienquerían, vecinos curiosos –entre los que se encontraba el dueño del chihuahueño asesinado - y compañeros de estudios. Pero entre todas esas miradas comprensivas hallé una que jamás antes se había cruzado con la mía. Era la de una mujer mayor, más alta que la media normal, imponente desde sus negras vestiduras, quien seguía el ritmo cadencioso del ritual fúnebre con ojos acerados y fríos.
Finalizado el evento luctuoso me hallé rodeado por el grupo que siempre me acompañaba y retorné a casa, a esa casa inmensa que desde ese momento pasaría a transformarse en mi santuario personal.
El habitual bullicio que acostumbraba rodearnos se había convertido en una serie de comentarios efectuados en voz baja, apretones de manos, abrazos y expresiones de simpatía. Estuvimos juntos hasta la madrugada. Salieron a relucir los temas clásicos que se tocan en situaciones semejantes. Cada uno comentó pérdidas personales y ajenas. Prometieron estar a mi lado más firmemente unidos que antes. Después –cuando consideraron que sería seguro dejarme solo- retornaron a sus casas.
Me acosté y dormí el sueño de los justos.
A la mañana siguiente esa mujer que me había llamado la atención en el camposanto vino a verme.
Vestía ropas informales y llevaba un elegante sombrero. Sus manos blancas eran finas y terminaban en uñas rojas no muy largas. A pesar de su contextura se movía entre los muebles como un hálito. Era grácil y bella. Tenía un raro encanto que envolvía sin asfixiar. Me dijo: “Soy tu abuela” y se sentó en el sofá de la sala de estar.
Comprendí que no era preciso preguntar nada pues sus ojos eran los mismos que habían taladrado mi vida desde siempre. Esos ojos fríos y controladores que habían signado mi existencia y que entonces estaban empezando a pudrirse bajo dos metros de tierra.
Me senté en un taburete enfrentándola y me quedé callado. Ella tampoco habló. Estuvimos así un rato. Nos medíamos. Todo se nos iba en miradas serenas.
-¿Quiere tomar algo?
-Un té, por favor.
-¿Alguno en particular?
-Rosa mosqueta, si tenés.
Fui a la cocina y preparé dos tazas. Cuando retorné ella se había quitado el sombrero y el abrigo. Bebimos la infusión en silencio.
-Hace muchos años que no entraba en esta casa. Desde la muerte de tu padre. Y ahora, aquí estoy, marcando el paso de otra muerte.
-¿Por qué no vino antes?
-¿No te lo imaginás?
-Prefiero que me lo cuente usted, si es tan amable.
Ella se incorporó y recorrió lentamente la habitación.
-Tu mamá y yo nunca nos llevamos bien. Creo que se debía a que éramos demasiado parecidas. Dos caracteres fuertes. Cuando se casó con tu padre les ofrecí que se instalaran aquí. La casa era demasiado grande para que la habitara una mujer sola. Ellos accedieron. Dos años soporté la ruda convivencia de tus progenitores. Vos naciste doce meses después del casamiento, así que nadie pudo hacer comentarios malintencionados acerca del apuro con el que se habían casado. Al único que parecía importarle semejantes habladurías era a tu papá. Él era un buen hombre. Trabajador, sencillo, amable y cariñoso. Nunca podré entender qué le vio a mi hija. Pero, en fin, cuando apareciste en este mundo, las cosas -que ya no estaban bien entre ellos- empeoraron. No me hubiera importado de no haber estado compartiendo la morada. Pero ustedes se transformaron lentamente en una molestia insoportable. Tu padre casi no estaba pues trabajaba todo el día, pero cuando retornaba los problemas se agravaban. Yo había pensado que la compañía de una familia recién nacida me iba a hacer bien, que le iba a dar aire nuevo a mi vida pero me había equivocado. Fue por eso que decidí mudarme. Me fui a la que había sido la casa de mi infancia, en Chascomús, en donde están enterrados tus bisabuelos y un par de hermanos que tuve. Al poco tiempo me avisaron que tu padre se acababa de suicidar colgándose de un árbol. Pensé en venir para llevarte conmigo, pero antes averigüé con mi Abogado cuáles eran mis posibilidades de quitarle la Patria Potestad a tu madre. Él no me dio  muchas esperanzas porque dijo que, a menos que le pudiera demostrar a la justicia que ella no cumplimentaba con los requisitos necesarios para criarte, iba a ser muy complicado y casi imposible lograr tu tenencia. Estuve pensándolo un tiempo, pero entendí que para acreditar que ella estaba desequilibrada me pondría a mí también en una situación algo engorrosa, así que dejé todo como estaba y me quedé en casita. Sin embargo estuve vigilándola todos estos años gracias a los servicios de un detective privado que contraté. Cuando fue lo de las quemaduras me alegré de que un Juzgado de Minoridad estuviera interviniendo. Me pareció que te iban a mandar conmigo. Pero no. Te dejaron con ella. Ahora que ya no está podemos conocernos. No vengo a molestarte. Sólo quería que supieras que existo.
-¿Qué situación engorrosa era la que usted temía?
-Sería complicado explicarlo.
-Tengo todo el tiempo del mundo. La escucho.
-Imagino que vos ya sabés a qué me refiero.
-No.
-Tu mamá y yo … compartíamos ciertas aficiones. Ciertos gustos. Adolecíamos de algo que comúnmente no está bien visto por los otros. Sé que vos también sufrís de lo mismo. Es por eso que estoy acá.
-No logro entender. Acláremelo.
-El caso es simple. La herencia a veces nos ayuda y otras nos pone obstáculos en la vida. Ambas sufríamos de un desorden que nos traía problemas. Éramos dos seres que no lograban relacionarse con el mundo como cualquiera. Yo lo descubrí desde pequeña en mí y encontré los mismos indicios en tu mamá cuando ella comenzó a desenvolverse en sociedad, en el Jardín de Infantes. Estábamos privadas de sentimientos altruistas. Nuestras vidas eran una serie infinita de aburrimientos que sólo desaparecían al maltratar a los que nos rodeaban. Pero…  creo que no preciso explicarte más, porque vos sos igual que nosotras.
-Lo que me llama poderosamente la atención es que usted habla de sí misma en tiempo pasado, y yo no creo que haya logrado cambiar con la edad.
-Es cierto. No se puede cambiar lo que uno trae en los genes. Lo que sucede es que, con los años uno se va cansando hasta de las cosas que alguna vez fueron adictivas.
-¿Quiere decir que en algún momento se puede parar?
-No estoy segura, pero sé que uno se cansa de tanto trajín. Al fin y al cabo nuestras aficiones están teñidas de prolongados períodos de espera. Y al envejecer he ido perdiendo las ganas de esforzarme para lograr tan sólo un rato de placer.
-¿Ha matado a muchos?
-Suficientes. ¿Y vos?
-No demasiados.
-Y… ¿A ella?
Sonreí para mis adentros. No le iba a dar el gusto a la vieja arpía.
-No. Ella se suicidó.
-Cuando tu papá murió también dijeron que se había suicidado, pero ambos sabemos que no fue así.
-Ella se suicidó.
-Esta conversación parece un ‘deja vu’. Bien. Está bien. Es lo que traemos en la sangre. Sólo quería que supieras que todavía estoy viva. Si me necesitaras para cualquier cosa podés contar conmigo. En estos días te van a llamar del estudio de mi Abogado para hacerte firmar unos papeles. Hay varias propiedades que voy a poner a tu nombre. Son las que logré conservar y ahora serán tuyas. Espero que te sirvan de algo. Ahora me voy. Fue un placer conocerte.
-¿Piensa volver alguna vez?
-Sólo si me llamás. El Abogado te va a facilitar todos los datos que precises. Por ahora con esto será suficiente.
Se levantó y se puso el abrigo y el sombrero. Después se deslizó como un cisne en el agua hasta la puerta de entrada. Me dio la mano y salió.
Al quedarme solo comprendí que no le había preguntado cómo se llamaba.

12 – ALEGRÍA DEL HOGAR

A los veintidós años perdí a mi madre y encontré a mi abuela.
Siempre había creído que no quedaban parientes vivos, pero la aparición de la distinguida vieja me demostró que estaba equivocado.
Un Abogado se puso en contacto conmigo dos semanas después y me citó para entregarme algunos papeles. Mi abuela acababa de trasladar tres propiedades inmuebles a mi nombre. También me facilitaron una caja de madera repleta de documentación interesante. El leguleyo llevó a cabo los trámites pertinentes y un Escribano allí presente se encargó de certificar las firmas.
Al retornar a casa me hallé poseedor de esas casas, las que, junto con las que acababa de heredar de mi madre muerta, me permitirían vivir de rentas desde ese momento en adelante.
La caja de madera estaba cerrada y lacrada. Envuelta en un sobre de plástico transparente -también lacrado- y acompañada por una serie de escritos que aseveraban que nadie la había violado.
Al abrirla me encontré con muchas sorpresas. Detalles de la vida de mi madre que desconocía –que habían sido obtenidos por el Detective que mi abuela había contratado para vigilarla-, un sinnúmero de documentos de identidad de parientes fenecidos, recortes de diarios que se remontaban hasta sesenta años atrás. Esos eran los que le pertenecían a mi abuelita. La vieja asesina. Del mismo modo que mi madre había guardado los suyos, la veterana tenía su colección privada y me la estaba poniendo en las manos. Me estaba dando un poder que jamás hubiera creído que nadie le concediera a alguien motu propio. Me pasé varios días leyendo y comparando notas. Acorde a mi hábito anoté todo en un cuaderno, especificando fechas, lugares, personajes y metodologías. Comprendí que la madre de mi madre había sido mucho más sanguinaria que mi progenitora en su modus operandi. Utilizaba sistemas medievales. Y sus obras estaban tan bien ejecutadas que jamás habían podido dar con ella.
Esta epifanía me generó un estado mental muy parecido al de la cocaína. Estuve sin dormir durante tres días y mi exaltación resultaba absolutamente pura. Me sentía incómodo frente a esa nueva sensación. Mi habitual control estaba siendo reemplazado por esa aceleración sin colores ni olores de la droga. Sé que mi cerebro estaba intentando acomodarse a la nueva situación. Porque a pesar de haber charlado con la vieja unos días antes, las evidencias que poseía en ese momento me retrotrajeron a una fantasía que me agobiaba desde pequeño. A la desestabilizante posibilidad de que alguien supiera algún día cuáles eran mis actividades secretas. A ser descubierto.
A la vez, el atrevimiento de mi antecesora me agradó y me sofocó. Vi en su actitud dativa la semilla de un futuro diferente. Fue como la aceptación familiar de un signo vital unívoco que se transfiere de una generación a otra y que sólo es advertido por quienes lo poseen. Vi la formación primitiva del clan. Y me descubrí como parte fundamental del mismo en lo referente a su prosecución en el tiempo.
Lo que más me agradó de todo fue el último recorte. No tenía más de unos días. En él se narraba el hallazgo del cuerpo de un hombre de mediana edad que había sido salvajemente desollado. Había acontecido un día después del fallecimiento de mamá. Su nombre: Alejandro Collado. Su profesión: Detective Privado. La vieja se había dado el gusto de terminar con la vida del único ser humano que conocía la historia familiar. Había cerrado el círculo. Y me estaba regalando su más reciente obra como una ofrenda y una lección. El secreto debía quedar entre nosotros. Entre los miembros de la secta. Entre los herederos del poder.
Ese detalle me cautivó sobremanera. Era el broche final de una serie de actividades que jamás serían puestas a la vista de los otros.
Me alegré de tener una abuela.
Comprendí que solo ella podría llegar a entender.


13 - DENDROBIUM NOBILE

El mismo año en el que mi madre feneció yo terminé mis estudios en la Facultad y me recibí de Abogado.
Mi vida era por ese entonces un continuo camino de serenidad y placer.
Las cosas se combinaban solas. Era como si no debiera realizar ningún esfuerzo para lograr todos mis anhelos.
Mi carrera universitaria había sido solo un paso más para concretar un ‘statu quo’ aceptable en sociedad. Debido a mis dotes para el aprendizaje jamás me vi en aprietos a la hora de rendir exámenes. Con notas sobresalientes recibí mi Título habilitante y festejé junto a mis amigos de toda la vida -y un grupete de compañeros- en mi casa. Hubo champán y bocadillos de caviar. Después el festejo degeneró en una locura desenfrenada de alcohol y música que solo acabó cerca del mediodía. Todos retornaron a sus domicilios borrachos y eufóricos.
La única que se quedó fue Natividad, la chica con la cual estaba teniendo un affaire amoroso por ese entonces. Mi relación con ella era sencilla y eficaz. Salíamos los fines de semana con los chicos del grupo a bailar y a beber a diferentes boliches de la ciudad, después retornábamos a casa y hacíamos el amor desenfrenadamente. Ella era una maravillosa masoquista con la cual yo podía ejercer diferentes actividades que nos daban placer a ambos sin necesidad de darnos explicaciones a la mañana siguiente. No era una mujer bella pero sus gustos un tanto retorcidos eran lo que me agradaba más de su carácter. Le encantaba sentirse sojuzgada en la cama. Cualquier elemento que significara una degradación activa le iba bien. Siempre utilizábamos esposas y latiguillos. Cera de vela caliente. Golpes suaves o fuertes –cachetazos, palmadas, puñetazos delicados-. También le atraían los métodos de ahogamiento –era una jadeadora- así que la bolsa de plástico en la cabeza y los apretones en el cuello no sólo estaban permitidos sino que eran esperados con ansiedad.
¡Ah! Nati… qué buenos momentos pasábamos juntos.
Todas mis locuras eran bien recibidas por ella. Y no solo las mías, sino que se aparecía muchas veces con ideas y artefactos de lo más interesantes.
Murió una tarde de una falla cardíaca. Juro que no tuve nada que ver con su final. Ya hacía un tiempo que habíamos cortado pues no nos quedaban más cosas que investigar. Supe que andaba noviando con un loquito que vivía cerca de su casa, a quien tuvieron detenido un buen tiempo pues sospechaban que él la había matado. Seguramente al idiota se le habría ido la mano en alguna de sus hazañas sexuales -no es difícil propasarse en esos momentos de entusiasmo malsano-.
Contrariamente a lo que todos creían no abrí un Bufete de Abogado sino que proseguí mis estudios. Mi plan era llegar a ser Juez de la Nación. Pero después de un año desistí comprendiendo que semejante cargo me impediría ejercitar mis gustos personales con la libertad que siempre había tenido.
Realmente no precisaba trabajar para poder mantener el estilo de vida que acostumbraba llevar. La casa y los departamentos que poseía me dejaban una renta lo suficientemente alta como para poder vivir bien y guardar el dinero sobrante. Comprendí cómo mi madre había logrado criarme y darme todos los gustos recién cuando me vi en una situación parecida a la de ella. Jamás había trabajado de nada. Ella salía a menudo. Unas veces a comprar elementos necesarios para la casa y otras –imagino- para realizar sus investigaciones y después matar. Recuerdo que, cuando nos preguntaban en la escuela primaria acerca de las ocupaciones de nuestros padres yo debía contestar que mamá era “ama de casa”. Por suerte a nadie se le ocurría pensar en ese momento cómo hacía un ama de casa para “mantener la casa”. Afortunadamente éramos pequeños. Y a las autoridades de la institución no les interesaba de dónde salía el dinero con el que se pagaban mis mensualidades mientras siguiera siendo depositado sistemáticamente en la cuenta bancaria correspondiente.
Mis amigos no hicieron comentarios negativos al enterarse de que yo había abandonado mis anhelos de llegar a ser Juez pues consideraron que no era necesario que me preocupara por obtener un trabajo. Sabían que me sobraba el dinero y pensaron que lo más lógico para un hombre joven como yo era el deseo de darse la gran vida viajando, comprándose cosas caras y disfrutando después de tantos años de esfuerzos intelectuales. Coincidieron en que ya habría tiempo más adelante para dedicarme a la tarea de obtener algún cargo de importancia para la Nación y comentaron -jocosos- que los Jueces eran todos unos viejos decrépitos, así que no había ninguna premura para que yo lo fuera. Que me sobraba el tiempo.
Esa interpretación unánime me agradó -no en vano eran mis amigos- y la adopté a pies juntillas. Tras establecerme cómodamente en mi casona cambiando los viejos muebles por otros de mi agrado y quemando los antiguos en el jardín del fondo, decidí que era tiempo para darle una sorpresa a mi abuelita.
Fui a Chascomús y le devolví la visita.
Ella se alegró mucho al principio.
Charlamos largo y tendido.
Nuestros egos se identificaron y se enfrentaron solemnemente.
Me quedé en su casa un poco más de una semana. Hacíamos largas caminatas por el pueblo. Fuimos a sentarnos frente a la laguna casi todas las mañanas. Era hermoso ver a las gaviotas sobrevolándonos.
Durante los días que estuvimos juntos terminé de aprender la historia familiar. Me contó que su padre había sido como nosotros. Y que a ella también la había torturado de pequeña. Esa ansia de matar el germen de la enfermedad a través de la violencia parecía haber sido algo que se transmitía con la sangre –aunque ella jamás había intentado frenar a su propia hija-. (Y resulta irracional desde todo punto de vista pues lo que está en nosotros difícilmente se pueda desterrar a través de los golpes o las quemaduras. Por el contrario, es un aliciente para llevar a cabo los procedimientos en otros. Es como un traspaso de poder. Como un insaciable deseo de ejercitarnos en lo que se nos está intentando prohibir). Me contó que su idea había sido la de aplicar psicología inversa con mi madre. Ella no la castigaba por sus deficiencias sociales. Por el contrario, hacía como que no se daba cuenta. Esperaba que, al darse de golpes con una realidad diferente fuera ella misma quien se impusiera parámetros de vida más acordes a las personas que la rodeaban. Decía que mamá había tenido largas charlas con ella pero que siempre habían terminado mal. Pues ambas eran como dos tornados que chocaban. Jamás pudieron estar de acuerdo en nada. Abuela comentaba sonriendo que la primera víctima de su hija había sido el gato de una vecina que acostumbraba a colarse en la casa para tomar sol en el jardín. Ella lo había estado acechando durante días, llevándole restos de comida y ganándole la confianza sistemáticamente. El animal fue aceptando la silente compañía de la nena hasta que permitió que lo pudiera acariciar. Después sucedió lo inevitable. Una vez que pudo atraparlo lo rompió y lo desolló. Lo que le causaba gracia era que mi madre no lo había pasado demasiado bien pues el felino, al darse cuenta de sus designios se había defendido como sólo los gatos saben hacerlo y la había mordido y arañado bastante. Sus restos fueron a parar a la laguna, en donde estuvo flotando hasta que las gaviotas decidieron darse un festín con ellos.
Mi abuela había dado un nuevo sentido a mi vida. Ella sabía. Era una gran mujer. Sus ideas me colmaron de esperanzas. Hubo consejos y enseñanzas en nuestras pláticas. Si alguna vez me preguntaran qué es el amor podría decir que es lo que sentí por ella. Aunque no se pueda comparar con lo que sienten los otros.
El amor para mí fue, en ese momento, la mayor admiración y el respeto más profundo. Fue una mezcla inconmensurable de fascinación y reverencia que nunca más he podido profesar por ningún otro.
Tras algunas visitas me alejé para siempre. Comprendí que no era eso lo que ella esperaba de mí. Pero lo aceptó sencillamente pues sabía –en lo profundo- que no era lógico que ambos estuviéramos en contacto. Nos despedimos con un abrazo cordial y solo retorné a su poblado para acompañar el cajón de madera en el que la trasladaron hasta su última morada. En la casa encontré varias cartas lacradas dirigidas a mí. Estaban dentro de una caja fuerte disimulada tras unos cuadros muy valiosos en el sótano. Los consejos que no logró darme en vida estaban allí, escritos de su puño y letra. Los leí y consideré que su sabiduría era la mejor herencia que hubiera podido desear. Después las quemé.

14 – VIOLETAS AFRICANAS

‘De profundis clamo ad te, Domine’.
Mientras el hombre sangraba por cada uno de los agujeros que le había inferido con una daga pequeña, gritaba esa oración. ‘De profundis clamo ad te, Domine’. Tenía los ojos llenos de lágrimas y se retorcía con cada estertor. Pocos dientes le quedaban ya en sus encías ensangrentadas pero él seguía clamando al Cielo. Ya en el paroxismo de la muerte vi cómo la lengua se agitaba dentro de su boca en un último intento por repetir la frasecita. Pero se le cortó el aliento y no logró su cometido. Un agrio gorgoteo le salió desde la glotis y expiró.
Después de llevar a cabo el ritual de separación de los órganos y de su ulterior incineración junto al cadáver retorné a casa. Me había quedado saltando en la cabeza el latinajo. “Desde lo profundo clamo a ti, oh Señor”. ¿Sería así como morían los santos católicos? Esperando hasta el último instante que un ángel del Cielo viniera a socorrerlos. Guardando el último suspiro para repetir por enésima vez el Nombre de Quien no se molestaba por aparecer para realizar el milagro. Tratando de sobornar a la muerte con una cancioncilla de sonidos alienantes, con el íntimo deseo de verse libres del horrible final. La experiencia había sido reveladora. Un hombre esperando que sus fantasías se hicieran realidad. Pensé que era una forma más de consuelo, pero me negué a considerarla digna. Solo a una mente enferma e incoherente se le ocurriría creer que por arte de magia lograría librarse de mí. La realidad nos dice que no hay otra vida después de esta. Que no existe el más allá. Que el Cielo y el Infierno son inventos de una secta muy antigua, que por antigua se cree la dueña de la verdad. Racionalmente podemos calcular cuánto tiempo nos queda sobre el planeta cuando estamos siendo acuchillados una y otra vez impiadosamente por un desconocido que usa un pasamontañas negro. Pero jamás podríamos pensar que, por el hecho de salmodiar un viejo latín los Cielos se abrirán y llegarán ángeles armados que vencerán a nuestro verdugo para salvarnos y curarnos las heridas antes de retirarse con un “buenos días, Dios te ama”.
Lo había conocido a la salida de una Iglesia en un pueblucho del sur de la provincia de Buenos Aires. Yo estaba de paso. Era domingo. La música sacra me llamó la atención y entré. Había unos pocos feligreses atendiendo al ritual. Me quedé hasta que terminó y él, al verme, se me acercó con ánimos de averiguar quién era yo y qué estaba haciendo allí. Inventé cualquier historia y charlamos un rato dentro de la Iglesia. Después lo invité a tomar unos mates a casa. Aceptó gustoso pues creyó que me estaba “evangelizando”. Subimos a mi camioneta y manejé hasta un paraje solitario en donde lo encañoné con mi revólver. Lo demás fue casi lo de siempre. Atarlo. Estacarlo. Torturarlo y matarlo. El lugar era realmente lindo. Un campito alejado con algunos árboles añosos bajo los cuales llevé a cabo mi cometido. Sé que se aterrorizó cuando me vio aparecer con mi “traje especial para asesinar”. Le vi los ojos claros saltársele de las órbitas –no podía hablar porque tenía la boca llena de algodones y gasas- y adiviné en su mirada todo el horror que lo inundaba. Eso me dio más ganas de trabajar. Me encanta ver el miedo dibujado en las miradas. Me hace sentir un cosquilleo agradable en el estómago.
Fue una labor limpia y serena. Tardé poco. Sobre el final algunos pajarracos nos sobrevolaban. Las aves carroñeras saben mucho sobre el momento preciso en el cual deben aparecer. Huelen la carne a punto de morir. Y se apresuran para estar presentes en el momento crucial. Eso lo aprendí hace ya mucho tiempo, cuando me regodeaba dejando a mis víctimas con vida para poder observar el manejo de los pájaros de pico encorvado. Todo un ballet.
Las palabras del hombre comenzaron a sonar cuando le quité el relleno de la boca para arrancarle los dientes. Ya casi no tenía fuerzas para gritar. Pero se puso a salmodiar. El tipejo creía realmente que lo iban a escuchar. Yo siempre había creído que un religioso como ese diría el “Padrenuestro” o rezaría algún “Avemaría” pero a este solo se le ocurrió orar en latín. Fue interesante su elección. Es más, pienso que la mayoría de los católicos ni siquiera saben una frase como esa. Posiblemente éste hubiera estudiado para cura o algo así. Lástima que no se me ocurrió preguntárselo antes de empezar con mi labor.
En el camino de vuelta busqué en la radio algunos programas religiosos para confirmar que en ninguno de ellos se hablaba en latín. Ya en la Capital Federal entré a una Iglesia muy linda y busqué al cura. Quería sacarme la duda. Le pregunté si era posible que alguno de sus feligreses conociera frases en latín. Él me comentó que la Curia desde hacía largo tiempo había desterrado las misas en esa lengua muerta y que, salvo los miembros de la Iglesia a nadie le interesaba ya aprenderla. Me comentó que los únicos –fuera de los religiosos- que seguían estudiándola eran los especialistas. Lingüistas, Doctores en Lenguas Arcaicas, Profesores de Lengua, y algún que otro Antropólogo. Contento con su respuesta retorné a mi domicilio en donde imaginé diferentes actividades para quien había fenecido bajo mis manos. Lo visualicé dando conferencias en salas repletas de alumnos en alguna Universidad. Me pareció que sus rasgos podían haber sido los de un intelectual. Realmente, al recordar la charla que habíamos mantenido en la camioneta camino a su porción final de tierra comprendí que el tipo se había expresado bastante bien –no como un especialista- pero que sus palabras habían estado organizadas en oraciones breves, concisas, con sentido completo. Se había comunicado elegantemente y sin petulancia.
Fue uno de los pocos especímenes que elevaron mi imaginación por encima de lo habitual. Me sentí muy complacido por habérmelo cruzado. Había sido un buen día.

15 – NOMEOLVIDES

De pequeño me narraron todos los cuentos infantiles de rigor. Así supe que a Blancanieves le habían dado a comer una manzana envenenada, a la Cenicienta la habían maldecido a través de la pinchadura de una aguja de telar, a Caperucita Roja se la había almorzado un lobo después de saborear a la abuelita, que Pinocho era muy desobediente y se había escapado de su casa para juntarse con un par de delincuentes, que dos de los Tres Cerditos eran muy tontos y confiados y estuvieron a punto de ser devorados por un lobo, y que de no haber sido porque el hermanito más inteligente había construido una casita de ladrillos hubieran muerto de mala manera. Humpty Dumpty se estrelló contra el piso cayendo de un muro, La Cenicienta vivía acosada por una madrastra malévola y dos hermanastras envidiosas, Pedro el mentiroso, de tanto repetir que venía el lobo para asustar a los vecinos terminó engullido por el salvaje animal, el cuento del Lobizón, que era el séptimo hijo varón que se convertía las noches de luna llena y asolaba poblados enteros. También estaba El Hombre de la Bolsa que te robaba de tu hogar si no obedecías a tu madre, Drácula con sus dientes afilados encargado de chuparte la sangre y transformarte en vampiro, Frankenstein construido con pedazos de muertos, el Doctor Jekill y Mister Hyde quienes eran las dos partes de un mismo ente enfrentando continuamente al bien con el mal. Y tantos otros cuentos que llenaron mi imaginación inocente con sus colores oscuros y dañinos. Siempre me pregunté el porqué de la profusión de lobos, pero al crecer comprendí el terror que semejante bestia infundía en los pueblos de la antigüedad, así que me resultó más que comprensible que se le diera tanto lugar a un pobre animalejo que hoy en día sólo se puede encontrar en los zoológicos.
Las historias mal llamadas infantiles son una aberración social. No se puede entender cómo las familias gozan aterrorizando a los infantes con semejantes narraciones. Hansel y Gretel son secuestrados por una vieja mañosa que vive en una casa de dulces y, para salvar sus vidas asesinan a la bruja. Historias al fin, que colmaron mis días y mis noches de ilusiones malsanas y se fueron adentrando en mi cerebro como hechos totalmente aceptos ante la sociedad que me tocó en suerte. La paradoja residía en que, a pesar de las aberraciones que se nos contaban en los centros de estudios y en nuestras propias casas no estaba bien visto que semejantes acciones pudieran llegar a ser parte de la realidad. Obviamente los cuentos folclóricos tienen un claro contenido educativo. En este caso es a través de la oposición que se aprende a NO hacer lo que se nos presenta. La moraleja sería: si uno hace cualquiera de las cosas que hicieron los personajes de las historias acabará mal.
Pues eso es en definitiva lo que se trata de obtener. Obediencia frente a determinados hechos considerados como inmorales o simplemente malos. Se intenta adoctrinar a los pequeños en lo referente a conceptos como el bien y el mal desde ridículas ficciones que sólo contienen incongruencias y patologías.
Mi cerebro infantil se resistía a considerar estas historias como hechos fehacientes. Siempre dudé de la veracidad de lo que me contaban. O al menos lo empecé a hacer cuando pude razonar un poco.
Durante mis primeros años de vida mi madre sentía un placer inmenso en sentarse junto a mi cama para leerme estos horrorosos cuentos. No sólo los leía sino que los decoraba con comentarios de suyo colmándolos de detalles siniestros que imaginaba a medida que los iba desarrollando. Fue así que jamás la misma historia poseía los mismos parámetros. Cada vez que la contaba iba desarrollándose como un tumor maligno y tiñéndose con los más oscuros tonos del terror. Era ella quien me decía que dentro del clóset de mi dormitorio había un monstruo escondido que esperaba a que yo me durmiera para venir a lastimarme. O que debajo de mi cama se ocultaban cientos de seres infernales que controlaban todos mis movimientos. Nunca se me ocurrió mirar. Simplemente cerraba los ojos y me dormía. Pero a medida que fui creciendo el interés se me desarrolló y, después de que ella salía del cuarto yo me levantaba y revisaba dentro del placard y debajo de la cama, no por temor sino para verles las caras a los seres horripilantes que ella me describía. Pero jamás encontré nada.
En la escuela primaria me destaqué en todas las asignaturas. Cursaba doble turno. Por las mañanas en Español y por las tardes en Inglés. Los primeros años me había dado por dibujar. Mis maestros estaban fascinados y a la vez espantados pues todas mis obritas estaban referidas a las historias que desde antaño han servido para desestabilizar las mentes de los infantes. Llegó un momento en el cual lo único que deseaba era representar a los lobos. Pasaron a ser mi obsesión. Me parecían poderosos y creía que se los maltrataba sin razón en las ficciones que había aprendido. Pensaba –con toda razón- que eran simples animales que lo único que querían era alimentarse y que, si lo hacían con los otros personajes era sencillamente porque estos eran demasiado estúpidos como para lograr sobrevivir en un ambiente que no les correspondía. ¿Para qué arriesgarse a atravesar bosques peligrosos desarmados y sin conocer el camino? ¿Cuál era la razón que los movía a someterse a situaciones tan ridículas? ¿Por qué no enfrentar a los de su misma especie?
Esto derivó en un par de consultas con el psicólogo de la escuela. El hombre me hizo muchas preguntas que contesté lo mejor que pude tratando de no mostrarle lo que en realidad pensaba. A pesar de mis cortos años me había dado cuenta de que lo que estaba haciendo no era bien visto por los adultos puesto que me habían enviado a charlar con ese hombre de bigotes espesos y mirada de halcón. Le dije que simplemente me gustaban los lobos, que me parecían bonitos y que por eso los dibujaba. Que me hacían acordar a los perros. El tipo pareció quedar conforme con mi explicación, pero me dio un par de peroratas bastante aburridas acerca de la diferencia entre los animales salvajes y los domésticos que yo fingí aceptar. Ese fue el comienzo de mi “revelación”. Comprendí que al mundo no le interesaba saber lo que a mí me importaba sino que yo era quien debía mostrarle al mundo lo que él deseaba ver de mí. Y comencé a simular. Fue el preludio de lo que más tarde sería un arte. El arte de la manipulación.
Del mismo modo en que me destacaba en las asignaturas escolares comencé a descollar en el engaño.
En casa mamá me castigaba siempre que no me comportaba como se esperaba de mí. En la escuela me enviaban a charlar con el Psicólogo. Era obvio que no debía mostrarle a nadie lo que creía o pensaba. Así que comencé a vivir una doble vida. Usaba una máscara con la que enfrentaba a los otros y me la quitaba cuando estaba solo. Me vi forzado a dicotomizar mis ansias para poder seguir con mi existencia lo mejor posible. Con la que no era fácil hacerlo era con mi mamá. Ella se daba cuenta de muchas cosas que a los demás les pasaban desapercibidas. Y allí aparecían los moretones y las quemaduras.
Los lobos fueron los que me enseñaron a esconderme y a acechar. Los que me mostraron el camino de la fuerza. Los que me indicaron el modo correcto de parecer un perro sin serlo.
Entendí que la noche asusta a la gente porque las sombras hacen que el vacío parezca mayor. Y el vacío está plagado de misterio, de silencio, de frío. Allí están los monstruos, lo desconocido, lo intangible que de repente puede volverse en contra y atacar y despedazar.
Aprendí que es mejor parecer que ser. Que el mundo quiere a los que aparentan ser ovejas aunque debajo haya solamente un lobo hambriento. Que el alma de la sociedad está cuajada de canes serviles y domésticos que mueven la cola frente a unas pocas migajas y se dejan patear por cualquier imbécil a quien después le lamen las manos. Subordinación y obediencia. Monocromía. Seguridad. Bullicio y luz. Esos eran los parámetros ansiados. Eso era lo que yo debía mostrar.
Mas en lo profundo, mi sereno y esplendoroso deseo de vuelo. Mi ansia de alturas insondables. Mi sed de sangre fresca y carne desgarrada. La única verdad revelada. La fuerza latiendo en mis venas. El poder de mis designios irreconciliables con la chatura obsecuente y desconfiada de los farsantes que me rondaban. La oscuridad y el frío. Y el silencio solo roto por los compases de una Partita de Bach.
Con los años he comprendido aún más esta severa elección. No me importa lo que digan o piensen los demás. No me interesan las tristes obsecuencias sociales. No creo en el amor ni en el odio pues no sé lo que son. Mi corazón no late más rápido frente a las acciones ajenas. Sólo cuando soy yo quien actúa. No existen ni el bien ni el mal, sólo los hechos. La vida tiene momentos sublimes rodeados por incontables temporadas de rutina. Pero de esos momentos se alimenta el alma. Mamá sabía quién era yo porque estábamos hechos del mismo material. Sólo que ella creyó poder cambiar lo que estaba en mis genes a través de infinitas horas de dolor y tortura.
Cuando supe que mi característica procedía de mis ancestros me vi a mí mismo como si formara parte de esas ficciones en las cuales el Destino se obstina en determinar un solo camino por el cual los personajes pueden transitar. Me sentí como un vampiro. Obligado a cumplimentar actos que lo definen y lo alejan del mundo, pero sin poder prescindir del mismo. Ser sobrenatural determinado por su diferencia biológica y destinado a heredar sus dotes a todos aquellos a quienes decide crear. Es por eso que desde hace mucho decidí no tener hijos. No sólo porque me parecería absurdo, sino porque mis características aparecerían indefectiblemente en ellos. La imperiosa necesidad de trascender un cuerpo mortal no me afecta como a los otros. Lo que no deseo es plantar una semilla que sé que no estoy dispuesto a cuidar.
Vivir es maravillarse.
El espectáculo es tan indescifrable que me sumerjo en las aguas procelosas del mar de la existencia cuantas veces puedo para salir teñido de rojo –como un demonio medieval- y me regodeo con mis logros.
En el camino quedan flores mustias. Flores arrancadas a la fuerza.
Mi jardín rebosa de perfumes ganados gracias a la constancia y el control.

16 – JAZMINES

Entre los momentos más increíbles que guardo en la memoria se encuentra el del día en que me secuestraron.
Retornaba a mi casa en Recoleta cuando un auto encerró mi camioneta en un semáforo. Era de noche. Aproximadamente las once y media. Dos cacos bajaron y me encañonaron. A los gritos me obligaron a abrirles la puerta para dejarlos subir. La sorpresa de lo inverosímil se apoderó de mí y fue como un aliciente para permitir lo que habría de sobrevenir.
En el otro automóvil quedaba un cómplice quien manejaba delante de nosotros. Siempre con sus armas apuntándome a la cabeza me ordenaron que lo siguiera. Usaban pasamontañas negros y estaban muy “colocados”. Gritaban. Se movían sin cesar. Revoleaban las armas como si fueran matracas.
Nos detuvimos a unas pocas cuadras y se ocuparon de revolver mis bolsillos y la guantera del coche. Con mi tarjeta de crédito en la mano me hicieron llevarlos hasta varios cajeros automáticos de los cuales me vi forzado a retirar sumas máximas de dinero en efectivo. Hasta allí todo se correspondía con un clásico “Secuestro Express” tan en boga en mi país durante los últimos años.
Pero los chicos apostaron a más. Querían divertirse conmigo.
Después de lo de los cajeros me hicieron manejar hasta las afueras de la Capital, hasta un campito. Me bajaron de mala manera y me ataron las manos y los pies. Lamentablemente para ellos los nudos no estaban demasiado apretados y eran fáciles de aflojar.
Mientras contabilizaban el escaso botín yo me encontraba tirado en el pasto cerca del los autos. Ellos gritaban y saltaban en una danza muy poco elegante de animales cerriles festejando una cacería.
Yo logré desatarme y me arrastré hasta mi camioneta. Los idiotas no se habían tomado el trabajo de revisarla. Cuando se dieron cuenta de que yo había desaparecido se pusieron como locos y se empezaron a pelear. Se echaban la culpa unos a otros por haberme perdido. Fue entonces cuando comencé a accionar. Desde mi escondite –a unos pocos metros, detrás de un viejo coche destartalado- les disparé en las piernas con mi arma. Gracias al silenciador la sorpresa fue mucho más interesante. Se retorcían y lloraban de dolor y de miedo pero seguían gritándose. Cuando los tuve en el piso esperé a que se les pasara la locura pues comenzaron a disparar hacia la oscuridad con lo que quedaron sin balas. Se arrastraban. Sollozaban. Se quejaban. Puteaban como carreros. Y cuando consideré que ya no daban más los encañoné con mi rifle de dardos tranquilizantes y los “emboqué”. A los pocos minutos dormían como angelitos.
Lo que vino después fue lo de siempre –con leves variantes pues la posibilidad de tener a tres individuos juntos me produjo una satisfacción mayúscula-.
Los cacos me habían golpeado en la nuca y en la cara con la culata de sus armas para convencerme de que me portara bien, así que yo estaba sangrando bastante. Por eso antes de efectivizar mi ejercicio me limpié y me vendé con un pañuelo. Después me puse mi equipo de asesino profesional. Sé que siempre causa una impresión inigualable en los que van a ser ajusticiados. El pasamontañas negro. El traje de goma negro. Los guantes oscuros de goma. La máscara de plástico que me cubre la cara y evita que los chorreones de sangre se me metan en los ojos. La luz doble a los costados de mi cabeza. Y las herramientas dentro del valijón. Algunas son simples instrumentos de cirugía. Otras, por el contrario, ponen miedo en cualquiera que las mire aún dentro de un museo de historia. Un quebrantadedos, una garra de gato, frascos con ácido, y otros elementos dignos de mención.
A las tres de la mañana ya estaba todo finiquitado. Sólo quedaban tres fogatitas con órganos asándose. Y las ropas de los ladronzuelos quemándose en otra más grande.
La aventura me había abierto el apetito. Tres no es lo mismo que uno. El trabajo había sido duro y bien ejecutado.
Antes de irme preparé un trapo mojado en nafta y lo conecté al tanque del coche de los ladrones. Até un cigarrillo encendido a pocos centímetros del hidrocarburo y me fui. El cálculo fue perfecto pues a los pocos minutos escuché una explosión y vi por el espejo retrovisor una gran llamarada y el comienzo de un incendio de bellas proporciones.
Manejé hasta mi casa y me bañé.
Alimenté a mis gatos y cené un riquísimo sándwich de jamón serrano con queso. Bebí gaseosa.
La Pequeña Música Nocturna de Mozart me acompañó un rato.
Mientras acariciaba a Mobius –el callejero-, Adolf –el Mau Egipcio- se fregaba contra mis piernas. Ellos sentían mi placer. Intuían que algo bueno me había sucedido esa noche y festejaban conmigo desde su silencio sensual y peludo.
Yo estaba exultante. La experiencia había sido todo un éxito. Sé que mientras estaba manejando mi camioneta con un par de armas en la cabeza lo que más había enfurecido a los “muchachos” había sido mi sonrisa. No me había dado cuenta, pero estaba sonriendo. Fue entonces cuando me golpearon en la nuca –con lo que casi me hicieron chocar-. No pudieron soportar mi suficiencia.
Muchas veces me pregunté por qué no había sentido miedo. Pues quien hace las cosas que yo hago puede llegar a imaginar mucho más dolor del que en realidad le pueden llegar a infligir. Pero la posibilidad de sufrir en manos de otros me había provocado una exaltación perniciosa. Me veía a mí mismo estacado y lastimado y me parecía que sería interesante llegar a estar del otro lado por una vez. Hubiera sido realmente curioso.
Esa noche dormí con las ventanas abiertas. Tentar a la suerte es un don que no debe ser menospreciado jamás.

17 – MBURUCUYÁ (PASIONARIA)

Muchas veces a lo largo de mi azarosa vida me he preguntado por qué así y no de otra manera. Los incontables castigos de mi madre me hacían reflexionar acerca de mis gustos y actitudes pero no logré jamás llegar a ninguna conclusión satisfactoria. El intento de racionalizar caracteres intrínsecos de uno mismo casi siempre deriva en un infructuoso resultado. La lógica me inclinaba a considerar que todo tiene una razón de ser, que las circunstancias no son casuales sino causales. Pero aún así no lograba comprender el porqué de los desproporcionados métodos maternos. ¿Qué tenía que ver el hecho de que me hiciera gracia la figura de un perro deforme o la imposibilidad de llorar ante situaciones sentimentales, con golpes y quemaduras de cigarrillos? Cuando ella me encerraba dentro de un viejo baúl después de lastimarme, o debajo de la escalera tras haberme reventado las piernas a cinturonazos mi pobre intelecto se veía forzado a reformular las circunstancias previas a semejantes acciones –pues ella se esmeraba en hacerme comprender que yo estaba forzado a llegar a alguna conclusión provechosa-. Lamentablemente no lograba hallar el camino dialéctico que me permitiera arribar a la revelación ansiada. No obtenía la iluminación que precisaba para poder arreglar lo que estaba mal. Los años me enseñaron luego todas las respuestas. Pero ya mi cuerpo había aprendido también a soportar la violencia sin inmutarse. Se me habían formado callos en las nalgas a fuerza de cauterizaciones forzosas y mis músculos se habían endurecido hasta lograr una consistencia de cuero curtido. Creo que junto con mi desorden de personalidad poseo una estructura física privilegiada.
Desde pequeño se me adiestró en los más diversos deportes. En la escuela de doble escolaridad a la que asistía –acorde a sus características británicas- ejercité mi cuerpecito en todo lo que se me exigía y fui bueno. Mas tarde, en el secundario las reglas fueron más flexibles, pero el entrenamiento previo me sirvió para que fuera uno de los asistentes más asiduos al club en el cual pasaba las horas libres. Ninguna disciplina fue ajena a mí. Ya de grande me especialicé en artes marciales y lucha libre. La técnica colaboró para fortalecer aún más mi físico ya de por sí grande y largo. Aprendí a moverme como los gatos. Sigilosamente, con flexibilidad, a asentar mis pies antes de saltar, a atacar sorpresivamente, a inmovilizar y a dominar al adversario. Lo que en el gimnasio no pasaba de ser un entretenimiento y muchas veces una competencia entre pares fue lo que me preparó para lograr mis objetivos extra curriculares.
Disciplina. En el cuerpo y en la mente. Ese es el secreto.
El descubrir la verdad acerca de mi familia fue para mí un incentivo en lo referente a las actividades que previamente había desarrollado desde la más absoluta ingenuidad. Lo que antes había sido solo un pasatiempo y un modo simple de despejarme fue después uno de los más apreciados dones que obtuve en la vida.
Siempre creí que los castigos de mi madre habían sido un obstáculo para frenar mis ansias de investigación y experimentación, pero también intuí que el error en el que ella incurría era el que me fortalecía y me preparaba para que descollara precisamente en lo que ella deseaba desterrar de mi naturaleza. Sé que si no la hubiera pasado tan mal de chico hoy no sería quien soy. Estoy seguro que, de haber recibido un trato más humanitario y cariñoso mis características hubieran aflorado mucho más tarde y casi seguramente se habrían presentado en un formato menos brutal. Es obvio que la ferocidad impuesta en mis años mozos fue la que devino en el encarnizamiento actual.
Cuando visitaba a mis amigos y podía observar la clase de relación que mantenían con sus padres me sentía incómodo. Pero a la vez me agradaba el trato que los adultos de esas casas tenían hacia mí. Me gustaba sentirme cuidado y agasajado. Las cosas que a mis amigos les molestaban a mí me parecían deseables. Las atenciones, las caricias, las sonrisas. Actitudes que jamás había vivenciado en mi propio hogar.
Desde la profundidad de mi ser sigo interrogándome. ¿Hubiera sido yo quien soy si me hubieran criado de otro modo? ¿Cuántos golpes se precisan para crear a alguien como yo? ¿Qué posibilidades tenía yo de ser menos frío de haber recibido cariño sin límites?
A pesar de mis cuestionamientos sé que lo que llevo dentro en algún momento hubiera aflorado. Pero quizá me hubiera conformado con menos. Quizá hubiera necesitado sólo un par de víctimas y nada más. Quién sabe.
Lo que sí sé es que en el lugar en el que todos dicen tener un corazón yo tengo un témpano de hielo. Que mi sangre sólo se acelera en mis venas cuando puedo verter sangre ajena. Que no hay nada más maravilloso que mirar a los ojos a quien está sojuzgado frente a mí y a punto de exhalar el último suspiro.
Ha intentado miles de métodos para tratar de hallar esa misma sensación por medio de actividades diversas pero jamás he alcanzado el mismo clímax. Los deportes extremos me dejan impávido. El sexo desenfrenado solo me entibia por fuera. Las substancias alucinógenas no me generan placer. El alcohol es un asco. Pero en el mismo momento en el que descubro al futuro receptor de mis habilidades, cuando comienzo a acecharlo, a seguirlo, a investigarlo, sé fehacientemente que me voy acercando al éxtasis.
He intentado muchas veces ser como los que me rodean y no lo he logrado. Me mimetizo en actitudes y los engaño. Soy para los demás un hombre perfecto. Simpático, inteligente, agradable, triunfador, comprensivo, amable, buen amigo, gran amante. Pero mi verdad está escondida tras un velo de terciopelo negro infranqueable. Y sólo aparece en esas oportunidades que la existencia me pone a tiro tan a menudo.
Mamá decía que yo era un monstruo. Y quizá tenía razón. Ella sabía qué era yo porque éramos iguales. Sólo que pretendía que no me desarrollara. Tanto se esforzó que lo único que logró fue que descollara en el difícil arte que me es caro. Romper, rasgar, cortar, quebrar, matar.
“La simulación en la lucha por la vida”.
Pretender ser lo que uno no es para lograr tomar lo que se desea. Mostrar máscaras. Afinar los sentidos para mover los hilos de los otros y hacerlos bailar al son que se me ocurra. Puedo tronchar una vida en un segundo o permitir a quien yo quiera que mantenga una cordial relación conmigo durante años. Cada vez que mi boca dice “sí” mis ojos pueden estar diciendo cualquier otra cosa, pero nadie lo nota.
Disciplina.
Histrionismo.
Disfrute.
Control.
Poder.
Son las características distintivas del monstruo.
Me alimento de gritos agónicos y jadeos descontrolados, de lágrimas imparables y dientes apretados, de estertores y ojos desorbitados.
Soy así y no de otra manera.
Lo traigo en los genes. Mi abuela dijo que nosotros éramos una anomalía y quizá fuera esa la mejor definición que escuché en mi vida. Como los albinos, los enanos, los que sufren de hipertricosis o de porfiria. ¡Ah! ¡Los hombres lobo y los vampiros!
Acompañé una mañana a Ariadna a una Misa y el sacerdote se pasó la mitad del tiempo hablando del Bien y del Mal, de los Ángeles y los Demonios. Decía que los Demonios eran Ángeles que se habían alejado de la Luz de Dios. Que por eso estaban condenados a vagar eternamente por lugares oscuros y hediondos en donde sólo podían cometer actos impuros. Que sus seguidores humanos estaban destinados a compartir el Infierno por toda la eternidad, el lugar en el cual sufrirían castigos inimaginables y dolor insoportable. Fuego eterno y rechinar de dientes.
Al salir nos trenzamos en una discusión acerca de lo que habíamos escuchado. Me divertía viendo cómo ella se esforzaba en hacerme entender que Dios era Bueno y Omnipotente, que sabía lo que hacíamos todo el tiempo, que conocía nuestros más ocultos pensamientos. Le parecía incomprensible que yo no creyera. Al rato terminó aceptando que mi pensamiento racional no podía aceptar una realidad teñida de fantasías idealizadas y consoladoras. Respetó mi postura frente al concepto de fe: “la certeza de lo que no se ve”. Me llamó “Dídimo” recordando la historia de Tomás, quien sólo creyó en el Cristo resucitado después de meterle los dedos en las heridas de las palmas y del costado. Pero también se sorprendió de que alguien como yo conociera tan bien las Escrituras. Pues tuvo que reconocer que sabía más de la Biblia que ella. Es que en mis ratos de ocio la había leído como una novela. En realidad me agradaban esos libros demenciales del Antiguo Testamento en los cuales se narraban hechos de inconcebible crueldad y traición, de venganza y horror en el nombre de un Dios castigador.
La lectura de los libros “Santos” me había llevado hacía mucho a investigar los “Años Oscuros de la Humanidad”, la Edad Media con su Inquisición, su Tribunal del Santo Oficio. Me divertía leyendo las actividades de los representantes de una Iglesia que se suponía compasiva y amantísima pero que utilizaban elementos de tortura y sistemas de investigación realmente creativos. Generadores de obediencia a través del terror decoraban los templos con frescos y bajorrelieves que sólo mostraban demonios y sufrimientos. Castigaban a quienes creían en la Naturaleza y tenían relaciones sexuales. Quemaban a las parteras como si fueran brujas para controlar la supremacía de los hombres –especialmente de los que ejercían la medicina de la época-. Período en el cual se especializaron en jugar con los cuerpos y las mentes de los feligreses para controlarlos. El “Maleus Maleficarum” o Martillo de las Brujas fue un texto que me esclareció las características de quienes la Iglesia consideraba endemoniados o en tratos con Satanás.
Pobre Ariadna. Tan simple y crédula. Siempre deseosa de poner la otra mejilla. Su candor me generaba momentos apacibles. Soportó situaciones realmente desagradables a lo largo de su vida debido a esa actitud religiosa. Novios que la engañaban y hasta le pegaban. Un padre borracho a quien ella perdonaba cada día después de los escándalos que perpetraba en su domicilio. Amigas envidiosas que hacían lo imposible por dañarla. Circunstancias extremas que ella narraba con carita de preocupación cuando nos reuníamos con los otros chicos del grupo de amigos, quienes se volvían locos y trataban de convencerla de que debía cambiar. A pesar de todo jamás intervine. Nunca dañé a quienes la lastimaban. Yo no soy un justiciero ni lo seré jamás. Simplemente la escuchaba y la miraba con mi mejor cara de comprensión. Le prestaba mi hombro para que derramara sus lagrimitas de tristeza o decepción y así la dejaba más tranquila.
El monstruo tranquilizando a la beata.
El Demonio serenando al Ángel.
La paradoja universal.

18 – ROSA MOSQUETA

La juventud nos hace inmortales y todopoderosos. Antes de los quince años sentimos que nada ni nadie puede llegar a tocarnos. Somos como súper héroes que todo lo consiguen y tenemos la certeza de que todo lo que nos rodea es ajeno a nuestras vidas. Es una especie de “extrañación” que nos devora los minutos y las horas, que nos sumerge en un ansia infinita de sensaciones y placeres irrepetibles.
Mas con los años nos vemos obligados a interpretar al mundo como algo dentro de lo cual estamos sumergidos. Es entonces cuando todo empieza a tomar forma y color. Forma y color unificados con el medio. Y lo que antes era un simple deambular entre figuras y hechos separados de nosotros mismos comienza a tener un poco más de sentido desde la socialización que nos es impuesta desde nuestra venida al mundo de los otros.
Terminamos rodeados de personas que nos obligan a ser como ellos. De seres ignotos que nos determinan desde sus cercanías o lejanías. Dejamos de ser únicos y diferentes para comenzar a perdernos dentro de ese inmenso mar que llamamos sociedad, convivencia, medianía.
Desde el infante feliz con su mundo imaginario plagado de ilusiones y sueños locos, pasando por el adolescente que intenta diferenciarse a través de rebeldías inconsecuentes, llegamos al adulto capaz de derecho.
Ese adulto que conoce las reglas, que vive acorde a ellas, que sabe del bien y del mal. Ese ser ontológicamente definido como un eslabón de la gran cadena que ata a todos los seres humanos en un interminable latido de supervivencia.
De hecho, si nos adaptamos al medio, somos bienvenidos a una existencia colmada de lugares comunes y hasta éxitos.
Es la vida.
Pero la vida también nos trae otras obligaciones que debemos cumplimentar para no ser desterrados definitivamente de esa sociedad que tanto nos ampara como nos sacrifica.
Debemos tener amigos, estudiar una carrera, trabajar para ganarnos el pan de cada día. Estamos coaccionados a seguir los caminos largamente transitados por nuestros ancestros. Nuestros actos volitivos también están teñidos de complacencias sociales que nos delimitan hasta puntos inimaginables. Todo está prefigurado. Cada acción responde a dictámenes prefijados. Todo lo que hacemos, pensamos y deseamos nos viene de la maravillosa herencia fenomenológica trabajada a través de siglos y siglos de experiencias compartidas.
Es difícil completar las tareas que se esperan de nosotros. Difícil y arduo.
Al nacer se nos empieza a preparar para ser lo que debemos ser y no otra cosa. Por eso hay familias enteras de Médicos, Abogados, Quinesiólogos, Plomeros, Comerciantes…
Siempre me pregunté cómo hubiera sido mi vida de no padecer este desequilibrio. ¿Hubiera logrado quizá llegar a Juez de la Nación? ¿Me habría esforzado sobremanera para descollar entre los otros? ¿Tal vez mi madre no hubiera debido esforzarse tanto en orientarme hacia caminos menos sangrientos?
Desde mi hoy la cuestión sigue dándome vueltas en la cabeza.
Mi actual postura está delimitada por ciertos resultados médicos que dicen que debo morir pronto. Es por eso que vuelvo a interrogarme sobre estos temas. He querido dejar un testimonio de lo que he sido, antes de pasar a ser solo un vacío más en este planeta. Sé que la muerte no nos conduce hacia ninguno de los paraísos imaginados por personas que prefirieron soñar con algo más allá de lo tangible. No existe el Cielo. Tampoco el Infierno. Lo único que tenemos es el aquí y el ahora. ‘Hic et nunc’. Y como no tengo descendencia a la cual heredarle mis genes, lo único que puedo hacer es escribir todo lo que siempre deseé comunicarle a los que me rodeaban. Todo lo que jamás le dije a nadie. Que queden para ellos mis historias. Mis recuerdos. Mis anhelos. Mis placeres.
Quizá alguien se pueda sentir identificado con lo que lea. Quizá haya otros como yo. Sería interesante llegar a serles útil.
Del mismo modo que mi abuela me legó sus vivencias en centenares de recortes de periódicos y un amplio y detallado cuaderno en el cual anotó sus métodos y los datos de sus víctimas yo quiero que quede para el futuro esta serie de recuerdos –algo mezclados, algo confusos quizá- para que quien llegue a leerlos pueda tratar de interpretar mi vida. Parece mezquino, lo sé, pero es lo único que me queda por hacer en este mundo. No hay nada más. Como no hay nada más después del óbito.
En mis incontables y atrevidos ejercicios de poder he buscado una respuesta. Siempre intenté encontrar esa conexión entre la vida y la muerte de la que tanto se habla, pero jamás pude hallarla. Es por eso que tanto me interesaba captar la última mirada de mis víctimas. Su último aliento. El suspiro liberador que conllevaba el horror y la paz. Pero en ellos jamás he logrado ver –ni siquiera atisbar- lo que tanto esperan los seres humanos: la vida después de la muerte.
En realidad lo único que queda es un pedazo de carne pronta a descomponerse. Lo único son los gusanos que la transforman en tierra fértil. La putrefacción que deviene en posible fruto de la Naturaleza que la devora. Hay solo un estertor desesperanzado. Y después la nada.
En innumerables ocasiones he pedido a los ejemplares sobre los cuales estaba operando que me dijeran –en los últimos momentos de vida- qué sentían, qué veían, si escuchaban algo o si olían otra cosa que no fuera su propia sangre coagulada, y las respuestas siempre fueron las mismas. Lo único que sentían era miedo. Terror. Espanto.
De allí surgió la comprobación de lo que siempre había creído. Y de ello la dicotomía de la raza humana en sus únicos y finales aspectos del terror y la nada. Pues sabido es que -desde tiempos inmemoriales- el terror ha sido el arma perfecta de la dominación. Bien lo supieron en la antigüedad quienes conquistaron y ordenaron la existencia del Viejo Mundo con sus hábiles inmolaciones en hogueras, toros de bronce, y cuentos de dominio sobrehumano. La Iglesia Católica ha sido uno de los ejemplos más notorios con la famosa Inquisición. O la locura llevada a cabo en el Nuevo Mundo tras la Conquista Americana. O cualquier guerra. Si hasta el más insignificante tiranuelo ha sabido dar a sus súbditos un trato de lo más caliente para lograr ejercer su autoridad.
Durante la tan mentada Guerra Fría la humanidad temblaba simplemente ante la posibilidad de que una de las dos potencias apretara un botón -un insignificante botón- y desatara la nunca llevada a cabo Tercera Guerra Mundial con sus fuegos artificiales de Bombas Atómicas.
La fuerza, el poder, el control. Hechos simples considerados desde quien detenta el poder de aterrorizar a los comunes.
Oriente nos regaló sus manuales de actividades con los escritos de Sun Tzu, “El Arte de la Guerra”. Y Musashi Miyamoto en “El Libro de los Cinco Anillos”.
Desde Europa nos legaron el “Malleus Maleficarum” –o Martillo de las Brujas- y Maquiavelo nos heredó “El Príncipe”.
También están las leyendas del Vampiro, del Hombre Lobo, y los diversos monstruos que acechan al caminante para destrozarlo. Los zombies centroamericanos, hijos dilectos de África. Los Demonios y sus habilidades para poseer a quienes no estén cubiertos por el Bautismo o la Fe. Tantas historias diferentes pero idénticas solo en su función: generar terror en quienes las conocen para poder así controlarlos mejor.
Mi intención actual no es la de someter a nadie pues estoy pronto a morir. De hecho he ejercido mis dotes únicas a lo largo de muchos años de prácticas sistemáticas y he logrado disfrutar plenamente en lo referente a mis deseos. Pero al escribir estos recuerdos lo único que quiero es transmitir mis vivencias a los demás. Para que puedan saber quién fui yo. Cómo fui. Cómo soy.

19 – CATTLEYA SKINNERI

¿Por qué tantas veces aparece esa necesidad de ser violento? ¿Es el ser humano incapaz de sobrellevar una vida serena y sin complicaciones? ¿Sería posible no acarrear dentro del cuerpo esa hartura que nos hace reaccionar sin comprender muy bien el porqué?
El ser humano es gregario y social, no porque sean éstas dos características que lo determinan sino por una simple necesidad de supervivencia como especie. Las normas que lo condicionan son las mismas que lo definen. Sin ellas, desenvolviéndose como sus instintos lo determinan, la raza hubiera desaparecido de la faz de la Tierra hace ya mucho. Son esas mismas reglas las que lo preservan. Reglas que especifican los diversos grados de convivencia que conllevan un despropósito en sí mismas: de hecho, la prevalencia de los más fuertes sobre los más débiles, de los más capaces sobre los que jamás lograrían superar el medio.
Son esas mismas reglamentaciones sociales las que impiden a los que nos rodean manifestarse activamente desde sus displaceres y disidencias. Con lo que solo queda para agredir el uso del lenguaje.
Insultos de toda índole, gritos, amenazas que jamás se cumplirán. Fantasías llevadas a grados inconcebibles llenan las mentes de  millones de hombres y mujeres quienes -de acuerdo con el grado de subordinación e indignidad que permitan en sus vidas- golpean, torturan, degradan o asesinan a sus superiores, a los que los dominan de hecho, a los que los maltratan de mil maneras. La impotencia se resume en sueños de venganza que solo responden al rencor comprimido y son la esencia misma de la locura.
En muchas ocasiones me he hallado pensando en diferentes modos de herir al prójimo con mis palabras. De hecho, el decir Bíblico nos expresa que “hay palabras que son más peligrosas que puñales”. Y en muchos momentos de serenidad absoluta mi cerebro se ha regodeado generando situaciones extremas en las cuales me colocaba a mí mismo como un contrincante eficaz frente a seres contra quienes mis labios escupían toda clase de improperios. Otras en cambio, mis dichos eran sutiles, elevados, casi ininteligibles para la poca erudición de sus receptores ideales. Palabras con o sin sentido en conversaciones imaginarias. Palabras dichas en voz baja, casi murmuradas. Palabras que agonizaban en gritos estentóreos y que dejaban en la garganta un ardor picante producido por el esfuerzo de articularlas.
La violencia está inmersa en cada uno de nosotros en medidas que van desde lo ínfimo hasta lo sublime.
Hubo épocas en las que -tras cruzarme con algún vecino desagradable- fantaseé atacándolo con improperios de toda clase. Era un sinsentido, lo sé. Más aún cuando en mi haber hay incontables hechos sangrientos que atestiguan que lo que menos me importa es hablar.
En Chascomús está el chalet que me heredó mi abuela materna. Cada tanto lo visitaba y pasaba allí unos días. La laguna inmensa lo enfrenta desde sus aguas saladas colmadas de dorados y de cisnes. Hay gaviotas. Eucaliptos como rascacielos. Pinos.
Habitualmente aprovechaba para pasear en bicicleta por las callecitas de ese pueblo grande con ínfulas de ciudad. Era una costumbre que he mantenido hasta hace poco pues en mi actual calidad de enfermo terminal ya no me es posible salir del lugar en el cual cuidan de mí para –al decir de mi médico de cabecera- hacerme más fácil el pasaje de la vida terrenal a la que está más allá, del otro lado de la línea de llegada.
Fue en esa ciudad-pueblo en donde conocí a Dorotea.
Por ese entonces ella contaba con unos cincuenta años. Era alta y flaca. Siempre que pasaba por la puerta de su casa la veía sentada en la vereda interactuando con todos y cada uno de los que caminaran por allí.
Como yo no pertenecía al lugar, desconocía la inveterada costumbre del saludo provinciano. A diferencia de las grandes ciudades, en los lugares del interior del país lo habitual es mantener un trato cordial con los demás. El saludo obligado, las preguntas de rigor, los comentarios insulsos referidos a familiares y amigos.
Ella me clavaba una mirada de sibila cada vez que yo hacía mi aparición silente y esperaba ansiosa a que yo demostrara alguna manifestación de gentileza. Desde mi insondable lejanía yo proseguía mi camino con frialdad y desinterés.
Tras muchas visitas al poblado, fui acostumbrándome a la obligatoria interacción con los otros. Tras un inicial deslumbramiento frente a la majestuosidad del paisaje mis modales fueron adaptándose lentamente a esa convivencia pegajosa y rutinaria. No me resultó difícil pues mis sentidos me avisaron que lo lógico y necesario era copiar las actitudes de quienes me rodeaban para lograr así ser un poco menos visible.
Supe que Dorotea era “la chusma del pueblo” al decir de sus conciudadanos. Se desenvolvía como una especie de informativo popular. Si alguien deseaba saber algo acerca de cualquiera de los miembros de la comunidad recurría a la particular señora. La temían pero la necesitaban. Era un mal que no se podía dejar de lado. Como esos organismos del la flora intestinal que ayudan a procesar los excrementos.
Varios parroquianos que charlaban conmigo en uno de los restoranes en los que almorzaba o cenaba me habían puesto al tanto de las cualidades salientes de Doty –como la llamaban cariñosamente-. Fue por eso mismo que decidí no relacionarme con ella. Seguí paseándome frente a su casa e ignorándola, como si en lugar de una mujer chismosa hubiera sólo una planta marchita colocada allí.
Como mis estadías eran cortas y bastante espaciadas, lo que en un principio me había producido algún interés fue cejando con el tiempo. Aún así cuando pedaleaba por su cuadra la preveía desde mi antelación gustosa. Y era simplemente por el deseo insano de hacerla rabiar que ni siquiera me tomaba el trabajo de mirarla de reojo.
Una tarde sucedió lo impensable.
Dorotea me vio desde lejos cuando doblé en la esquina. Saltó de su silla y corrió hasta el medio de la acera para plantarse frente a mi bicicleta en el preciso momento en el que yo pasaba –a bastante velocidad- en un acto temerario de vida o muerte.
La vi allí, con los brazos abiertos en cruz, con los ojos desorbitados por el odio, con su boca abierta en un increíble grito que clamaba venganza. Mis nervios afinados fueron los que salvaron la situación. Frené mi bici a un par de centímetros de su cuerpo tembloroso solo para escuchar sus alaridos y sus insultos. Y me vi a mí mismo desde lejos -como en un video- con una sonrisa congelada y mi acompasado ritmo cardíaco enfrentando a la fiera que deseaba devorarme desde la más abyecta impotencia.
Ella tuvo la fuerza de voluntad suficiente –o la locura- para no moverse de donde estaba. Tras una larga cantaleta en la cual se mezclaban improperios y exigencias, preguntas y órdenes pareció cansarse y dejó de aullar.
Yo estaba fascinado por su reacción ante mi diversidad. Me parecía maravilloso poder analizar a semejante espécimen. Pocas veces la vida nos pone cara a cara con tales ejemplares. Comprendí –desde lo profundo de mi sangre- que si yo sufría en medio de una sociedad a la cual no comprendía ni avalaba, ella -que estaba en las antípodas de mi postura- adolecía de un veneno semejante al mío.
Supe que lo que me demandaba –entre muchísimas otras cosas- era que disminuyera la velocidad con la que yo pasaba frente a su domicilio porque decía que la podía atropellar si a ella se le ocurría cruzar.
-¿Por qué se atravesó en mi camino?
-¡Porque cuando yo le gritaba para que parara usted seguía de largo!
-No respondo a gritos. No soy un perro.
-¡Si no me hubiera puesto en el medio de la calle usted no habría parado!
-Señora, hágase ver por un especialista en problemas de la mente, por favor.
-¡Me está llamando loca!
En ese momento la miré a los ojos fijamente. Como sólo yo sé hacerlo. Ella estaba por vociferar alguna otra cosa pero no lo hizo y quedó con la boca abierta formando una “O”. Intentó mantenerme la mirada por unos segundos pero yo la fijé aún más. Sólo me concentré en sus pupilas. Veía solamente esos dos puntos negros que iban encogiéndose lentamente. No sé cuánto tiempo transcurrió. Tal vez treinta o cuarenta segundos durante los cuales sólo hubo dos miradas. Un tigre y un ciervo. Una serpiente y un ratón.
Después bajó la cabeza y retornó a su asiento en la vereda de su casa.
Yo me quedé un rato observándola. No volvió a mirarme.
Me contaron que unos meses después murió de un aneurisma. Fue el comentario del pueblo durante una de mis visitas.
Juro que no tuve nada que ver con su deceso.

20 – CRISANTEMOS

Desde mi niñez he sido siempre un ser incapaz de sentir felicidad o tristeza. Simplemente aprendí –a lo largo de los años- a comprender y a interpretar esos sentimientos. Obviamente no es sencillo atrapar racionalmente lo que los otros sufren o gozan. Pero de alguna manera he ido considerando los rasgos distintivos de cada uno a través de sus expresiones externas.
Ya en la escuela primaria los compañeritos de aula se me presentaban como especímenes interesantes que lloraban o reían sin solución de continuidad. Me imaginaba a veces que yo podría también reaccionar frente a diversos estímulos de modos similares, y hasta llegué a pararme durante horas frente al espejo de mi dormitorio intentando copiar los gestos que veía tan a menudo a mi alrededor.
Fue a través de la detallada observación y del aprendizaje de semejantes actitudes que fui lentamente desarrollando dotes histriónicas a través de las cuales logré –no sin esfuerzo- mimetizarme con el medio bastante satisfactoriamente.
Mi grupo de amigos de la primaria siguió siendo el mismo a través de los años. Todavía hoy, los que aún siguen vivos me acompañan en este momento tan difícil de mi existencia.
Fueron ellos los que me interesaron en sus gustos y preferencias. De ellos tomé muchas de mis actitudes y las desarrollé hasta extremos inconcebibles.
Mi vida ha sido siempre un poco más difícil que la de los que me han rodeado. No es sencillo fingir todo el tiempo para poder pasar desapercibido.
A pesar de mi incapacidad -tanto ellos como los demás seres que han compartido conmigo trozos del camino recorrido- jamás se han puesto a considerar que yo podría llegar a ser lo que soy.
Sé que mis únicos momentos de verdadero placer –si es realmente el modo en el que puedo definir mi profundo temblor de pura adrenalina- los tengo durante mis ejercicios “prohibidos”. Creo firmemente que puedo llegar a identificarlos con lo que a los otros les parecería “la felicidad”.
Aun sabiendo que toda mi vida de relación ha sido siempre un artilugio, hubo momentos en los que me sentí realmente un maestro de la actuación.
De hecho, mi instinto me ha ayudado sobremanera para sobreponerme al desinterés que me produce cualquier problema en la vida de los que me rodean.
Del mismo modo que no tengo sentimientos simples, adolezco de una apatía marcada en lo referente a las problemáticas ajenas. No me interesa en lo más mínimo el bienestar de los otros. No me agrada escuchar sus largas peroratas acerca de problemas sentimentales, tristezas o alegrías, ni siquiera me inmuto cuando alguno de ellos cree que podría morir. Sin embargo, uno de los hechos más interesantes de mi relación con los humanos ha sido el profundo amor que despierto en ellos.
No sólo hablo de mis amigos de toda la vida, para quienes soy un bastión de confianza y un perfecto consolador en tiempos de desgracia. También aquellos que se han relacionado conmigo desde otros lugares me han visto como a alguien en quien se puede confiar y siempre se puede esperar una mano amigable de la cual aferrarse.
La gente está completamente loca. En realidad tampoco me importa si están tan desequilibrados como para considerarme un hombre en el cual siempre encontrarán comprensión y apoyo, pero realmente me resulta ridículo y siniestro el que me vean como a una especie de amado hermano mayor.
Será quizá por mi hábito de hablar poco cuando me cuentan sus cuitas. Posiblemente mi desidia haga que ellos crean que los estoy escuchando con atención.
Una vez Deidre me dijo que me consideraba como a su mejor amigo después de haberse pasado más de una semana viniendo a casa a contarme cada uno de los sentimientos que le despertaba el rompimiento con uno de sus novios. Ella estaba muy enamorada de alguien a quien conocí porque lo traía a nuestras reuniones. Era un hombre larguirucho, rubiondo y con cara de pocos amigos. Ella estaba “enamoradísima”. Anduvieron juntos bastante tiempo. Tanto que se nos había hecho familiar tenerlo en medio de nuestros habituales encuentros. Hasta que un buen día ella se apareció en casa con los ojos hinchados de tanto llorar y me abrazó convulsivamente moqueando e hipando palabras incomprensibles. La hice pasar y le preparé algo caliente para que bebiera mientras se calmaba. Nos sentamos en la sala de estar y la dejé llorar. Al rato empezó a contarme cosas. No recuerdo demasiado lo que dijo porque no le presté mucha atención. Sencillamente puse mi mejor cara de amigo comprensivo y la dejé hacer. Entendí que había roto con su novio. Cada tanto volvía a llorar desconsoladamente y yo la abrazaba y le daba palmaditas en el hombro. Esas visitas duraron bastante. Hasta que logró sobreponerse a la idea del abandono. A mí me desagradaba que ella se apareciera todas las tardes para llorarme en el hombro y hablar y hablar entrecortadamente de su dolor inmenso. Pero sabía –o al menos me parecía- que esa era la función de los amigos en tales circunstancias. También me preguntaba por qué me había elegido a mí entre todos los que conformábamos nuestro grupo de íntimos. Pero la dejé seguir adelante con su ritual de duelo. Cuando al fin el período acabó ella pronunció esas palabras que me quedaron rebotando en el cerebro “Gracias por todo. Sos el mejor amigo entre todos mis mejores amigos. Gracias.” Si algo sentí en ese momento fue sorpresa.
A lo largo de los años la situación se repitió varias veces. Al fin y al cabo Deidre es enamoradiza y elige mal. Eso me permitió sonsacarle disimuladamente una respuesta a mi interrogante. Y lo que ella contestó fue tan simple que me pareció casi una bobada. Lo que me hacía especial era mi capacidad para escucharla sin juzgarla.
Así que el hecho de no importarme era lo que ella valoraba más.
Qué interesante.
Confirmé a través de sus palabras que los sentimientos son el peor de los castigos de la humanidad. Pues es a través de ellos que se pierde el rumbo. Son engañosos y hacen a quienes los sufren sus cautivos. Desequilibran las vidas más ordenadas y fructíferas. Retrasan el desarrollo e impiden la correcta interpretación de la realidad. Me congratulé desde entonces por carecer de ellos. Lo que al principio de mi existencia se me había presentado como una discapacidad –al decir de mi madre- en ese momento de plena epifanía se me reveló como una verdadera ventaja. Y me congratulé por ello.
Así que acepté el hecho de ser alguien fácil de amar. Puesto que desde mi posición la conveniencia de despertar sentimientos positivos me posicionaba en un sitial de honor del cual nadie me podría bajar. Era y sigue siendo ventajoso pues nadie jamás podrá creer nada malo de alguien tan perfecto como yo.

21 – CEIBO (flor nacional)

En la casa materna un jardinero cuidaba de nuestro parque. Era un hombre viejo y sarmentoso. Se llamaba Florián. Se pasaba el día entero arrancando hierbajos y recortando los setos. Muchas veces, después de terminar con mis tareas escolares, me sentaba en la cocina y lo observaba.
Nunca mantuvimos una conversación hasta la tarde de la tormenta.
Yo era pequeño.
El viento empezó primero. Al rato negros nubarrones techaron el cielo. Pero no lo oscurecieron. Una endiablada luz mortecina lo cubrió todo. Un resplandor que parecía salir de debajo de la tierra. Vi cómo el hombre luchó contra los elementos hasta que le fue imposible seguir afuera. Entonces se acercó a la puerta de la cocina y se acurrucó, siempre mirando hacia el exterior.
El viento lo sacudía todo. Pero era demasiado fuerte y raro. Parecía provenir de varios frentes a la vez. Giraba en círculos rabiosos que enroscaban las ramas de los árboles y dejaban a los rosales transformados en tirabuzones exóticos. Abrí la puerta y lo hice pasar. Él me agradeció con un cabeceo.
En el rincón este del jardín, detrás de la piscina, había tres enormes árboles de ceibo colmados de flores rojas. Mis ojos quedaron atrapados por lo que veían. Las alargadas flores caían como cascadas sobre el pasto recién cortado.
Fue como una iluminación para mí. Embelesado, dije en voz alta: - “Esos árboles están llorando sangre”-
El hombre me miró desde sus ojos pequeños y arrugados y sonrió.
- Como el Cristo en Getsemaní – dijo y me guiñó un ojo pícaro. – Cuando el viento se vuelve loco los árboles lloran sangre. Es natural. El Universo llora sangre. Es una ley Divina. La Naturaleza recuerda lo que nosotros olvidamos hace ya mucho tiempo… que Dios mandó a su Hijo hecho carne para que los hombres lo mataran. Porque estaba escrito que Él debía ser torturado y asesinado para hacernos libres. -
Me quedé mirándolo. Eso pareció animarlo.
- A Cristo le hicieron muchas cosas horribles. Lo golpearon hasta cansarse. Le dieron más de trescientos latigazos en la espalda con un látigo de varios hijos con puntas de acero que le desgarraron las carnes. Le pusieron en la cabeza una corona de espinas y se la clavaron a golpes. Lo obligaron después a llevar una cruz inmensa hasta un lugar llamado Gólgota muy lejos de donde lo habían torturado. Allí lo clavaron a la cruz con unos clavos inmensos. Le atravesaron las manos y los pies y después ajustaron la cruz al piso. Más tarde un soldado le dio a tomar vinagre. Y por último otro le hundió una lanza en el costado. -
- ¿Por qué le hicieron todo eso?-
- Porque si él sufría, nosotros nos librábamos del dolor para siempre-
Me quedé pensando en lo que había dicho. Él siguió
- Y eso que le hicieron fue porque Dios, su padre, lo quiso así -
Mi cerebro interpretó la historia a su manera. Comprendí que quizá mi misión en la vida era similar a la de Dios. Yo era como Dios. Elegiría a los hombres que quisiera y los haría sufrir para que fueran libres, para que no sintieran ya más dolor.
El árbol seguía llorando sangre.
Cuando el viento paró, un rayo rompió el cielo. Poco después un trueno parecido a una bomba me sobresaltó. La lluvia comenzó a caer en chorros inagotables empapándolo todo.
Se escuchó a mis espaldas la voz implacable de mi madre.
- ¿Por qué está acá adentro Florián? ¿Quién lo dejó entrar?
- El nene. Es que se venía la tormenta…
- Vaya inmediatamente a la sala de herramientas y espere ahí a que pare. Usted no debe estar aquí.-
El hombre salió corriendo bajo el aguacero y se refugió en la parte trasera del jardín en donde se guardaban los elementos de su profesión.
Mi mamá lo miraba con ojos de loca. Me advirtió que jamás hablara con los empleados ni los dejara entrar a la casa. Después se encerró en sus aposentos.
Cuando volví a mirar, los ceibos ya no tenían más flores. Las habían derramado todas.

22 – CALÉNDULAS

Soy Abogado. Mientras estudiaba en la Facultad de Ciencias Sociales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, conocí pájaros de los más diversos tipos. No en vano a los Abogados nos llaman “aves negras”, “cuervos”, “aves carroñeras”.
Raras veces podía uno hallar algún espécimen que desentonara con el medio. Pero eso sucedió una mañana de Sábado lluviosa. Faltaban pocas materias para que me recibiera. La tormenta había provocado una deserción manifiesta en las filas de los estudiantes. Éramos bien pocos en la comisión y el ayudante de cátedra se estaba atrasando mucho. En su lugar apareció un hombre de lo más pintoresco. Alto. Flaco. Muy elegante en su traje oscuro de tres piezas. Cabello y bigote blancos. Ojitos glaucos pícaros e inquisidores.
Grande fue nuestra sorpresa al saber que era el Profesor Titular. El Doctor Hurtado Varsi en persona. Supe después que acostumbraba aparecerse inopinadamente en situaciones como la que estábamos viviendo para divertirse un rato.
Se acomodó en el frente apoyado sobre el escritorio y nos empezó a proponer un “trabajito”. Dijo que sería interesante. Que si lo aceptábamos y lo hacíamos bien tendríamos aprobada la materia.
Después sacó de su bolsillo un papel.
Se sentó y nos pidió que fuéramos presentándonos uno por uno. Lentamente escribió en otro papel nuestros nombres.
Tras lo cual comenzó a charlar con nosotros acerca del clima, de la economía del país, de la inseguridad, y otra vez del clima impiadoso de esa mañana.
Minutos antes de que se cumpliera el tiempo de nuestro curso volvió a sacar al papelito y nos adjudicó una tarea a cada uno. Nos nombraba y nos endilgaba un tema. Así fue que a González Tuñón le tocó “Violación”, a Schroeder  “Fraude”, a López “Divorcio”. Cuando me llegó el turno dijo “Matricidio”.
Mucho me llamó la atención la asignación que me había correspondido. Pero no hice comentarios.
Tras habernos endilgado los temas explicó que -si queríamos- podíamos preparar algo parecido a una monografía, a una tesis y presentarla antes de los exámenes finales, que él se hacía responsable de determinar si lo que hiciéramos valía como “materia aprobada”.
Algunas voces se oyeron quejándose de que sus temas nada tenían que ver con la materia que estábamos cursando.
-Por eso les dije que era optativo. Al que no quiera hacerlo no le va a pasar nada. Es voluntario. Si no lo quieren preparar, hagan de cuenta que esta mañana no existió. Pero a los que les agrade la propuesta, cuando lo hayan finalizado, se lo entregan al ayudante y listo. Él me lo va a hacer llegar.
A mí la idea me gustó. De hecho, gracias a ella terminé de aprender todo lo referente a ese tan despiadado delito.
Dicen que -aún entre los delincuentes- el matricidio es considerado como el más aberrante de los crímenes, aún peor que la violación de niños.
El Doctor Hurtado Varsi resultó un punto de inflexión en mi vida. Lo vi esa única vez. Lo escuché hablar sólo esa mañana. Y sin embargo me signó de alguna manera insondable.
De más está decir que aprobé la materia gracias a mi investigación.
Después maté a mi madre.

23 – PEONÍAS

Charles Baudelaire escribió “Las Flores del Mal”, libro que le valió el sobrenombre de “poeta maldito”. En su época lo que separaba a alguien de la sociedad aceptada era un excesivo deseo de expresar cuestiones sexuales. Es por eso que desde su tan mentado libro de poemas mostró una serie de pensamientos pecaminosos –por llamarlos de alguna manera- que horrorizaron a sus coetáneos.
En mi vida los jardines floridos han sido siempre sinónimo de placer, pero no debido a sus silenciosos u olorosos rincones sino a un incomprensible y enfermizo enfoque surrealista que me mueve a considerarlos como a siniestros espacios coloreados.
Recuerdo con cuánto ahínco comencé una mañana a sembrar peonías. Eran maravillosas. Llené todo un cantero.
Fue por la época en la cual estaba viéndome con una mujer muy hermosa a quien había conocido en los pasillos de la Facultad y con quien me había encontrado por casualidad en Tribunales durante el escaso período en el que debí hacerme cargo de los asuntos de mi madre muerta. Ella era alta y grácil. Vestía trajes sastre de colores claros. Usaba perfume francés.
Trabajaba para un estudio de abogados de poca monta. Pero consideraba que en unos años lograrían hacerse un nombre y entonces comenzarían a ganar dinero “de verdad”.
Salimos a tomar algo un par de veces y terminamos en la cama de un Hotel del centro. Al tenerla desnuda comprendí por qué me había llamado tanto la atención. Se movía como una serpiente de cascabel al mantener relaciones. Era muy activa, casi más que yo. Su sexo era insaciable. Parecía poseída por mil demonios danzantes. Me gustó.
Nuestras salidas eran secretas pues ella no deseaba que nadie la considerara como a las otras mujeres, a las que se dejaban llevar por sus deseos carnales y terminaban acostándose con los jefes para conseguir un ascenso o más dinero tras cualquier transacción laboral. Por eso me mantenía escondido de su ámbito, en el cual era vista como un ser despiadado e independiente.
Nos encontrábamos dos veces por semana y nos encerrábamos en un hotelucho de mala muerte de la zona de Retiro. Allí yo me dejaba violar. Era interesante eso de sentirme controlado por alguien. Me resultaba todo un descubrimiento permitirle que me mandoneara y que sintiera que era ella quien detentaba todo el poder.
Hablábamos poco. Cogíamos mucho. Nunca nos acariciábamos. Sólo batallábamos en el campo de unas sábanas no demasiado blancas. Después cada uno se iba por su lado.
Esa relación duró bastante. Fueron casi siete meses de encuentros furtivos y sexo desenfrenado.
No me incomodaba en lo más mínimo en mis labores extra curriculares pues nuestro pacto implícito estaba bien determinado desde un comienzo. Yo recibía una llamada suya y –si no tenía algo más importante que hacer- nos encontrábamos en alguna esquina –en donde yo la levantaba con mi auto- y después nos matábamos en la cama.
Los primeros tiempos fue ella quien dirigió las sesiones amatorias. Tenía ideas locas y las ejecutaba conmigo. Yo la dejaba hacer. Quería saber hasta dónde le llegaban las fantasías. Pero pasado un tiempo la cosa fue cambiando. Yo me aburría con sus órdenes y sus repeticiones.
Fue entonces cuando la fui llevando lentamente hacia los lugares oscuros de mi imaginación.
Al principio se mostró deslumbrada con mis ideas demenciales. Decía que estaba contenta de ver cómo me había despertado las ansias de experimentación. Se sentía como un maestro a quien su discípulo le estaba mostrando lo que siempre debe demostrarle un discípulo a su mentor: que lo había superado.
Así fue que, lentamente la fui introduciendo en mis salvajadas. Debimos para ello cambiar el sitio en el cual nos uníamos pues sus gritos de placer mezclados con el dolor que yo le infería nos podían llegar a traer problemas.
La empecé a llevar a una casa de campo que tenía en la zona de General Rodríguez –bien alejada del pueblo. Allí yo tenía no solo la soledad y el aislamiento necesarios, sino también muchos elementos que me servían para lo que mi imaginación retorcida precisaba. Fueron tardes y noches excelsas las que vivimos.
Pero mi hábito de investigar a las personas hizo que descubriera varios secretos que mi nueva amiguita guardaba celosamente. No puedo decir que me desagradaron, pero me incomodaron y fue por eso que la cosa debió terminar.
Si bien ella era una mujer fuerte y poderosa en el ámbito social en el que se desenvolvía, su insistencia en mantenerse misteriosa me había motivado a buscar historias de su pasado. No fue fácil hallar la punta del ovillo pero tras un esfuerzo lógico descubrí todo un abanico de antecedentes que me fascinaron.
A pesar de que las leyes de la física determinan que dos elementos con la misma carga se repelen, nosotros éramos la “excepción de la regla”.
La abogada con la cual yo tenía un affaire se llamaba Camelia Fendermann -Camelia … ¡ja! … una flor- había nacido en la provincia de Río Negro, en Choele Choel. Hija de un hacendado alemán, los años de la infancia los había pasado en un colegio como pupila. Huérfana de madre, veía a su padre sólo durante las vacaciones de invierno pues en el verano él la volvía a encerrar en una Colonia Juvenil. Camelia –Cami para los amigos- había sido una niña difícil. Rebelde, violenta, manipuladora. Las autoridades escolares se la pasaban enviándola con la Psicopedagoga de la institución, quien por su parte la derivaba al consultorio de un Psicólogo que colaboraba con el centro educativo. Su papá debía presentarse cada vez que la nena hacía una de las suyas, con lo que la relación familiar se ponía cada vez más tensa. El viejo tampoco era trigo limpio. No se sabía nada de él antes de su llegada al país. Había inmigrado al finalizar la Segunda Guerra Mundial y mucha gente de Choele Choel aseguraba que había pertenecido a la SS. Estaban seguros de que era un criminal de guerra nazi, pero no les importaba demasiado porque decían que el hombre se portaba como el mejor y que trataba a sus empleados con respeto y honradez. En esos lugares a nadie le interesa el pasado. Viven mirando hacia delante. Chismorrean, es cierto, pero valen más las acciones que los posibles hechos cometidos en otro país en períodos tan incompresibles como los que tuvieron lugar entre 1939 y 1945.
Cami hacía todo lo posible por llamar la atención. Los problemas empezaron en la infancia y se desenvolvieron rápidamente en la adolescencia. Sus ansias de poder y su violencia contra animales y compañeros de estudios mantenían a todos en vilo.
Tras un período bastante intenso –colmado de denuncias y entradas en la comisaría del pueblo- se la acusó de haber matado a una compañera del colegio secundario. El padre debió tomar cartas en el asunto. Hubo abogados, periodistas, juicio. Al final la declararon inocente.
Más tarde el alemán se sacó el problema de encima instalándola en Capital Federal y pasándole dinero suficiente para que pudiera vivir sin trabajar y para que estudiara una carrera.
Fue en ese entonces cuando la conocí. Jamás nos tratamos demasiado. Sólo compartimos algunas materias. Ella no pertenecía a mi grupo de estudio.
La noticia de que Cami estaba en una situación similar a la mía me disgustó sobremanera por un lado pero me intrigó por el otro.
¿Qué podíamos llegar a hacer dos pájaros como nosotros compartiendo un mismo tiempo y lugar? ¿Era coherente que tuviéramos un contacto tan íntimo? ¿Sabía ella algo de mí? ¿Habría quizá averiguado alguno de mis secretos?
Esa última pregunta me parecía un despropósito pues yo siempre supe que no había elementos que me pudieran incriminar en ninguno de mis hechos, pero...
Tras un período muy fructífero en nuestra relación carnal decidí mostrarle mi verdadero yo.
Esperé el momento adecuado y accioné como de costumbre, con mi fiereza habitual. Cuando la estaba desmembrando comprendí que ese cambio en mi modus operandi determinaba una exquisita innovación en mis métodos. Cami había sido una especie de musa inspiradora. Era por eso que le dediqué mi primera acción excelsa. Bañado en su sangre contemplé los pedazos que antes habían sido una abogada psicópata y disfruté de nuestro último encuentro como jamás había disfrutado antes.
Lo que quedó de ella lo esparcí por diversos caminos de la Provincia de Buenos Aires. A cada uno le coloqué una peonía encima.

24 - CLAVELES NEGROS

A los 16 años mi madre me llevó al estudio de su abogado. Allí me esperaban el letrado y un escribano. Me leyeron un número importante de papeles y me explicaron que mi solicitud de emancipación de la patria potestad materna ante el juzgado de minoridad había sido todo un éxito. Después me aclararon cuáles serían desde ese momento mis derechos y también mis deberes, tras lo cual debí firmar varios documentos.
Cuando salimos del estudio intenté comentar algo con mi madre pero ella me hizo señas para que me callara, a lo cual accedí. Subimos al automóvil y ella manejó hasta un Banco. Fuimos recibidos allí por el Gerente y el Tesorero, quienes tenían también preparados un sinfín de papeletas que me leyeron tras confirmar que yo ya estaba emancipado, y también me hicieron firmar nuevos documentos tras leérmelos y aclararme el significado de cada uno. Mi madre me hacía copartícipe de sus cuentas bancarias, a las cuales podría yo acceder libremente cuando se me diera la gana.
Retornamos a casa en silencio. Yo con la promesa de que en los siguientes días me llegarían por correo las tarjetas de crédito y las chequeras. Ella vaya a saber con qué planes.
Decidido a develar lo que se traía entre manos, no hice comentario alguno. La señora que hacía la limpieza desde siempre nos recibió con el té de la tarde y unos ricos scons. Merendé con mi madre. No me dirigió ni siquiera una mirada.
Cuando el servicio fue retirado de la mesa ella me clavó su dura mirada y comentó: Ahora ya no tengo más responsabilidades hacia vos. Si querés, podés hacer con tu vida lo que se te ocurra. Yo me lavo las manos. Después se levantó y se fue a sus aposentos.
La novedad me tuvo inquieto durante unos cuantos días. Sabía que ella era tan retorcida que todo eso me llenaba de preguntas, por eso decidí esperar para ver hasta dónde llegaban sus locuras. Pero nada aconteció, con lo cual, lentamente fui aceptando la idea de que realmente se había liberado de mi.
Fue entonces cuando comencé a hacer algunas pequeñas travesuras para probarla.
Me compré una camioneta 4x4 muy cara y comencé a llevar a mis amigotes del colegio secundario a la casa de General Rodríguez en donde hice un par de fiestas muy divertidas.
Empecé a volver tarde a casa. Llegué a desaparecer por varios días. Pero ella siguió con su vida como si nada.
Esa nueva libertad me ensanchó el pecho en un comienzo, pero lentamente fue convirtiéndose en algo tedioso y sin sentido. Asumí que todo lo que mi cerebro febril había estado elucubrando no eran más que fantasías paranoicas. Y finalmente caí en la cuenta de que todo lo que ella había hecho sólo respondía a un nuevo método de control. A un control lejano pero latente. A una sucia metodología de terror. Yo había sido siempre una especie de rata de laboratorio para ella y en ese momento estaba ejecutando una nueva prueba conmigo. Me liberaba. Quería ver hasta dónde podría yo llegar.
Tras mi brevísimo período de prueba comprendí que lo mejor era seguir como siempre, sin variantes importantes. Mis estudios estaban en primer término. Los deportes me servían para ejercitar mis posibilidades de autocontrol. Las relaciones interpersonales con compañeros de estudios y amigos eran un excelente sistema para aprender a comportarme socialmente. Así que proseguí con mi vida como si nunca hubiera pisado el estudio del abogado ni el banco.
A pesar de todo, mi mente seguía haciéndose preguntas y elucubrando posibilidades.
Empecé a vigilar los pasos de mi madre en mis momentos libres -que eran pocos- y aprendí de memoria sus devaneos por la ciudad y alrededores.
Eso me dio una idea clara de sus hábitos fuera de la casa.
Después de tantos años de padecimientos esa libertad se me hacia pesada. Ya no tenía que evadir sus miradas torturantes ni dependía de ella para mis gastos personales. Era un gran descubrimiento. La vida se me aparecía como algo ilimitado.
Pasó el tiempo.
A los diecisiete años terminé el secundario.
Como era costumbre los chicos fueron de viaje de egresados a Bariloche, pero yo dije que no estaba bien de salud y no los acompañé.
Me inscribí en la Facultad de Derecho.
Había decidido visitar a un ex compañero de la escuela primaria cuyos padres se habían instalado hacia tiempo en Oxford. Siempre chateábamos y el insistía en que fuera a pasar una temporada a su nuevo lugar de residencia. Tramité el pasaporte, compré un boleto de avión y partí.
En Oxford conocí a mucha gente interesante. Mi amigo -que era bastante raro- no había logrado mezclarse con los ingleses demasiado bien, así que era un solitario empedernido. Con mi llegada sus padres se pusieron muy contentos. Me conocían mucho, pues yo acostumbraba a pasar los fines de semana en su casa cuando éramos vecinos. Siempre me habían considerado como a un chico educado y sencillo. Fui recibido casi como el mesías.
Pasé dos meses maravillosos durante los cuales hicimos muchas expediciones a diversas ciudades. Nuestras salidas eran agradables. Él me mostraba sitios increíbles. También aprendimos juntos acerca de la vida nocturna del lugar. Conocí a muchos freaks. Me parecieron marionetas disfrazadas. Había algunos realmente locos, pero la mayoría solo hacían cosas excéntricas para llamar la atención y cobrar unas libras. Antes de retornar compré un bello disfraz de Guy Fawkes -con su máscara y su peluca-. Mi amigo me preguntaba para qué lo quería y yo le decía que simplemente me había gustado siempre la historia del personaje. Realmente lamentaba no haber viajado en noviembre, para poder asistir a los festejos del día 5, pero por lo menos llevaba conmigo el traje y la máscara.
Retorné en marzo, sobre el comienzo de las clases en la universidad.
Cuando llegué a casa nadie me recibió.

25 - CALAS

Cinco largos años tardé en planear el asesinato de mi madre. Debía ser exhaustivo en los detalles pues la cercanía familiar podía llegar a hacerme el principal sospechoso.
Entre mis divertimentos varios -en los cuales me había desarrollado como un ejecutante eximio- la planificación de las acciones a seguir fue increíblemente ardua.
Yo estudiaba en la Facultad, practicaba artes marciales, box, kick boxing y cuanto método de defensa y ataque me pudiera servir. Mantenía contacto diario con muchas personas a través de las redes sociales, para lo cual había creado diferentes facebooks con identidades falsas. También tenía mi facebook personal en el cual me relacionaba con gente que conocía y que -aun sabiendo que me apreciaban- me servían para mis manejos extra curriculares.
Mi madre parecía vivir en otro mundo. Pasaba frente a mí sin siquiera dirigirme la mirada. Éramos como habitantes de realidades paralelas que, aun compartiendo un locus real no  lograran verse ni rozarse siquiera.
Debí afinar mis sentidos para componer lentamente lo que luego sería mi crimen perfecto.
Yo deseaba dar un golpe que tuviera toda la magia que siempre había deseado. Se me ocurría que -de ser detallista- lo podría lograr.
Sabía que mi padre había muerto siendo yo muy pequeño. Que, a pesar de que todo indicaba que se había suicidado colgándose de uno de los árboles del jardín de casa, tras su entierro hubo dudas que llevaron a un grupo de investigadores a exhumarlo para comprobar ciertas teorías. Pero todo había quedado en agua de borrajas. La vieja arpía se había salido con la suya. Jamás lograron probarle nada.
Mi padre, según los datos que yo había hallado en un cofre enterrado en el jardín de casa, había consumido una gran cantidad de sedantes y luego se había colgado. Lo llamativo había sido el modo en el que lo había hecho. Cuando se dieron a conocer los datos del suicidio, en el legajo policial se aclaraba que antes de colgarse se había atado el pie derecho a la mano izquierda, que se había sentado en el respaldo de una silla alta y que por último se había colocado la soga alrededor del cuello. Creían que había efectivizado una postura tan extraña para evitar así la posibilidad de desatarse en caso de que las drogas no hubieran sido suficientes para dormirlo del todo. Consideraban que su propio peso habría hecho caer el mueble sobre el cual estaba, dejándolo colgado del cuello hasta la muerte.
Yo soñaba con llevar a cabo esta acción de un modo magistral.
Estuve leyendo bastante tiempo acerca de dosajes y tipos de sedantes. Pero al final preferí acoplarme a lo que el destino me facilitaba, pues madre tenía un arsenal de ellos en su botiquín.
Cuando estaba cursando materias de Segundo año empecé a visitar a mi viejo amigo, el psiquiatra que me había tratado de pequeño, en mis épocas de la escuela primaria, el mismo que había tomado mi caso cuando se descubrió que mi madre me torturaba. Le fui con la historia de una supuesta depresión. Le conté que mi problema se debía a dudas profundas relacionadas con mi sexualidad. El hombre compró mis dichos y se esmeró muchísimo para ayudarme.
Mis amigos de siempre desconocían esta parte de mi vida, así que seguían estando a mi lado incondicionalmente. Nos reuníamos todos los fines de semana y muchas veces yo llevaba a algunos de mis compañeros de la facultad para que interactuaran y les confirmaran lo buena persona que yo era.
Lentamente comencé a relacionarme con gente gay. Iba cada tanto a alguno de esos boliches para homosexuales. Allí conocí a muchos tipos realmente agradables. Tuve muchas propuestas amorosas, pero siempre los desilusionaba explicándoles que no estaba definido aún. Les pedía que me dieran tiempo porque yo quería ir descubriéndome de a poco. Y ellos comprendían. Sinceramente me daban mucho material para contarle al psicólogo en mis horas de terapia, pues compartían sus historias de vida conmigo. Les estaré eternamente agradecido.
Mientras buscaba el momento adecuado seguía observando a mi madre en sus idas y vueltas.
Aprendí que antes de irse a la cama ella acostumbraba beberse un par de vasos de whisky. Tras lo cual se tomaba un sedante y se acostaba.
Comencé entonces a dejar -cada lunes y jueves- dos botellas de whisky vacías en la cocina para que Miranda, la señora de la limpieza, se encargara de tirarlas a la basura.
Los años pasaban y yo no hallaba la ocasión para llevar a cabo mis planes. Pero no me preocupaba pues las cosas que se hacen a las apuradas siempre salen mal.
Cuando estaba por recibirme empecé a salir con un chico muy agradable y comprensivo, Matías. Paseábamos, íbamos a tomar algo o a cenar, a bailar. Él me había prometido que no insistiría con llevarme a la cama hasta que yo quisiera. Esperaría hasta que yo se lo pidiera.
Todos sus amigos se habían ido transformando lentamente también en amigos míos. De hecho en algunas ocasiones organicé fiestas en General Rodríguez con mis amigotes de toda la vida y un grupete de mis nuevos gay friends.
A lo largo de los años había ido robándole a mi madre sedantes de sus frascos. De a uno y con mucho tacto para que no se diera cuenta.
El momento llegó para Halloween. Yo me había hecho un asistente asiduo en esa fecha, de las famosas fiestas que se hacían en un boliche de la avenida Córdoba. De hecho, para cada ocasión llevé un disfraz diferente. Como recuerdo tenía todos los trajes guardados en una sección de mi placard.
Esa tarde fui al gimnasio. Dentro del bolso llevé el traje de Guy Fawkes que había adquirido años atrás en Oxford. Después fui a la casa de Matías. Él me había preparado una cena magnífica. Comimos y bebimos. Nos besamos. Lo llevé al dormitorio y lo penetré. Como había puesto sedantes en su bebida él se quedó profundamente dormido en mis brazos. Me levanté y me vestí con mi equipo de gimnasia negro. Fui a mi casa en la bicicleta de mi amante. Entré sigilosamente por la puerta de servicio. Sabía que no habría nadie en los alrededores ni adentro. Sólo mi madre drogada sobre la cama. Había manipulado la botella de whisky que ella había estado usando los últimos días y le había colocado una dosis bien fuerte de somníferos, con lo cual estaba seguro de que la hallaría prácticamente desmayada. Antes de accionar con su cuerpo retiré la botella y la cambié por otra que le había sacado unas semanas antes, que todavía tenía bastante alcohol dentro y -lo más importante- sus huellas dactilares. El vaso de whisky estaba en el piso. Su contenido se había derramado. Cuando lo analizaran no quedarían dudas de que ella había disuelto las pastillas en ese recipiente.
Después busqué la silla y la emplacé debajo del mismo árbol en el que se había colgado mi padre. Preparé la soga. Le até el pie derecho a la mano izquierda y la llevé hasta su patíbulo. La coloqué como correspondía -sentada sobre el respaldo con la soga alrededor de su cuello y me alejé para verla caer. No me quedé. Solo aprecié un espasmódico pataleo. Pero salí de casa lo antes posible.
Retorné a lo de Matías en su bicicleta. La dejé en el pasillo de su casa y volví a la cama.
Cuando sonó el despertador nos halló abrazados.
Reímos mucho y nos bañamos juntos. Nos colocamos los disfraces. Fuimos Guy Fawkes y María Antonieta por una noche. En el boliche recibimos muchos comentarios de otros disfrazados pues nos vieron muy acaramelados todo el tiempo.
La fiesta terminó cuando el sol ya estaba alto. Volvimos a la casa de Matías y dormimos la locura y la borrachera de la velada anterior. Bueno, por lo menos él durmió profundamente. Yo sólo disfrutaba el momento. La amada sensación de mariposas en la panza que me producía la adrenalina me colmaba de placer.
Esperaba y ansiaba. Me regodeaba y soñaba despierto en lo que estaba por acontecer.

26 - NENÚFARES

A la mañana siguiente, Domingo, fui con Matías al zoológico. Por la tarde nos esperaban unos amigos para pasear por el Tigre. Fuimos a una islita en la cual habían preparado una fiesta de cumpleaños. Lo pasamos realmente bien.
Esa noche dormí en la casa de Mati y volvimos a hacer el amor. Él estaba de parabienes. A mí realmente me daba lo mismo acostarme con un hombre o una  mujer pues el sexo jamás me produjo sensaciones profundas. Pero en esta ocasión -a diferencia de lo que hacía con las mujeres- fui dulce y cariñoso.
El fin de semana había sido delicioso. Todo había salido bien.
Mi amante era feliz y yo también -aunque por motivos extremadamente diferentes-.
El lunes debía acudir, como cada lunes, a mi consulta terapéutica. Como yo había dejado la camioneta en casa fue mi nuevo novio quien me llevó hasta el consultorio.
Le narré al facultativo -entre avergonzado y divertido- mi debut homosexual y él se congratuló por haberme ayudado a definir un sentimiento que me había estado apabullando por años. La consulta se transformó en una especie de charla entre amigos que sonreían y compartían momentos felices. Cuando estaba por irme sonó mi teléfono celular. Mi cara se demudó. Miré al doctor con el horror dibujado en el gesto y le di el teléfono. Después me derrumbé en el sillón que acostumbraba a usar en las consultas. Escuché -con la cara entre las manos- las palabras entrecortadas de mi médico. Pedía explicaciones, se agitaba. Cuando cortó se me acercó y me palmeó el hombro. Yo lo miré a la cara y empecé a decir: No puede ser... No... No es cierto.
Al rato -y después de hablar con su secretaria para que cancelara las visitas de esa mañana - estábamos ambos en su automóvil camino a mi casa.
En la entrada había carros policiales y una ambulancia. La gente que pasaba se había amontonado. Cuando llegó el momento yo hice como que no quería bajar y él me agarro del brazo con mucha delicadeza y empezó a hablarme suavemente y a guiarme hacia el interior de mi domicilio.
En medio del caos reinante vi a la Señora Raquel llorando en el sillón de tres cuerpos de la sala de estar. Una mujer vestida de policía la consolaba.
Temblando -pero erguido- me dejé guiar hasta la cocina en donde estaban varios policías y otras personas de civil. Mi psicólogo nos presentó. Inmediatamente me rodearon y me empezaron a hacer preguntas. Yo miraba para todos lados con los ojos  muy abiertos y como si no entendiera lo que estaba sucediendo. Escuché palabras sueltas. Suicidio. Drogada. Ahorcamiento. ¿Dónde estaba usted? Conteste lo que le preguntan.
En ese momento, a través del ventanal de la cocina, dos enfermeros vestidos de blanco comenzaron a trasladar una camilla con una larga bolsa negra encima. Era mi momento. Me zafé del amable contacto de mi terapeuta y corrí hacia el jardín gritando: ¡No se la lleven! ¡No! ¡No!
Dos policías corpulentos se interpusieron en mi camino y me impidieron avanzar. Yo manoteaba como loco. Uno de ellos me inmovilizó torciéndome un brazo y llevando mi mano hacia mi espalda. No opuse demasiada resistencia. Pero seguí gritando incoherencias. Momentos después un enfermero me inyectó algo en el brazo. Sentí que me desplomaba. Todo me daba vueltas.
Mi cuerpo fue entonces zarandeado hasta que lograron ubicarme en posición horizontal. Después todo fue un plácido acunamiento del cual desperté en un cuarto blanco y casi vacío. Estaba en una cama. La habitación era pequeña y luminosa. Observé todo lo que pude casi sin mover la cabeza. No deseaba que se dieran cuenta de que me había despertado.
Cuando la puerta se abrió entró una enfermera. La miré en silencio. Ella me preguntó cómo me sentía. No le contesté.
Vinieron varios doctores y me auscultaron. Yo no colaboraba para nada. Los obligaba a que me levantaran y me sentaran, a que me dieran vuelta y me volvieran a acomodar.
Pasaron las horas y yo seguía en mi postura de vegetal. Me oriné encima. Los tenía que convencer.
Más tarde entró mi viejo terapeuta y se puso a conversar con los que me habían asistido hasta ese momento. Se me acercó mucho y me habló con su voz relajante. Yo lo miraba pero no me movía ni contestaba.
Estuve en ese estado durante varias horas. No estoy muy seguro de cuántas. A la mañana siguiente me levanté y me puse a caminar por los pasillos. Salí a un patio interior muy lindo lleno de árboles y flores y me senté en un amplio sillón debajo de un árbol. Cuando los enfermeros me vieron llamaron a un médico que se me acercó y me auscultó. Yo seguía haciéndome el perdido. No hablaba ni me manifestaba pero por lo menos había caminado.
Después de mi milagrosa caminata lunar me llevaron a un comedor en donde había muchos otros internados y me sentaron frente a una mesita. Yo no hice ningún movimiento. Me alimentaron en la boca con puré de papa y de zapallo.
Lentamente empecé a hablar y a masticar. Mis avances fueron pausados pero seguros. Los doctores estaban de parabienes. Yo estaba saliendo del trauma. De más esta decir que me inyectaron muchas veces con elementos que desconozco, pero ninguna cosa podía quebrar mi voluntad de acero. Yo era una víctima de las circunstancias adversas que me habían tocado vivir. Yo estaba destruido por lo que le había sucedido a mi madre. Yo era el centro de atención.
Fui un actor consumado. Los engañé a todos.
Después empezó la terapia. Solo después de que pronunciara las primeras palabras. Y fueron las mismas que las que había pronunciado en el lugar de los hechos: ¡No!... ¡No!... ¡No!
El viejo doctor se ocupó personalmente de mí. De hecho estábamos en su clínica privada, en la cual fui tratado como un hijo pródigo.
Fui respondiendo bastante bien a sus cuidados.
Les había dado una clase magistral de lo que una persona con stress post traumático debe hacer. Pasé por todos los estadíos de la desesperación empezando por la negación y acabando en la aceptación.
Con paciencia de ángeles me fueron explicando lo que había acontecido en el mundo durante el tiempo que yo había estado como perdido. Las maniobras de la policía, los estudios forenses, los interrogatorios a mis conocidos y a los de mi madre muerta.
Mis relaciones habían estado prácticamente todo el tiempo en la clínica pidiendo verme, pero mi estado había sido tan calamitoso que sólo se les permitió observarme a través de la ventanilla de la puerta del cuarto en el cual me hallaba postrado.
Tres meses después del óbito materno -tras muchos y engorrosos trámites ante el juzgado interviniente- se llevó a cabo el entierro de mi madre al cual asistí, acompañado por una nube de gente amorosa que me cobijó y me abrazó todo el tiempo que duraron las exequias. Después me acompañaron a mi casa, en donde se quedaron hasta que consideraron que podían dejarme solo para que descansara.
Mi plan había salido a la perfección. Todos los testimonios me dejaron libre de culpa y cargo. Para mejor, al estar emancipado y haber tenido libre acceso al dinero de mi madre, no existía un móvil pecuniario que me vinculara a cualquier acción relacionada con su muerte.
El hábito alcohólico y el consumo excesivo de sedantes quedaron como elementos definitorios que llevaron a mi madre a suicidarse. Y el modo elegido para semejante acción, imitando al utilizado tantos años antes por mi padre, cerró cualquier sospecha de asesinato. Los antecedentes violentos, el desapego sentimental, y tantas otras características que fueron narradas por testigos de toda la vida confirmaron, junto con los estudios efectuados por la policía científica, que mi madre había sido una perfecta candidata para terminar como había terminado.
Fue un crimen desapasionado y frio, lo sé, pero fue también una obra maestra.

27 - FRESIAS

Cualquiera pensaría que, tras el asesinato de mi progenitora, mi vida se habría convertido en una serie infinita de nuevos crímenes. Quizá influido por el éxito y la exaltación del mismo. Por el contrario, me sumí en una etapa de serenidad  e inactividad crecientes. Mis amigos se dieron a la tarea de acompañarme continuamente debido a mi supuesta depresión. Mi psicólogo, quien se había adjudicado la labor de un padre compensatorio, me visitaba con asiduidad. Por mi lado, rompí vínculos con Matías, mi amante, explicándole que de allí en adelante necesitaba estar solo para poder poner mis ideas en claro, pues cualquier intento de romanticismo me provocaba una profunda desazón colmada de sentimientos de culpa. Lo hablé con mi terapeuta. Le dije que creía que mis relaciones carnales homosexuales habían sido el motivo del suicidio de mamá. A pesar de sus continuos intentos por hacerme entender que todo eso era sólo el producto de mi imaginación, yo me mantuve firme en la declaración de mis principios y establecí un distanciamiento con mi grupo de amigos gay.
Me dejé mimar y cuidar por quienes se preocupaban por mí.
El contacto con mi abuela fue un bálsamo de paz por esos días. Ella se convirtió en el único nexo con mis ansias por ese entonces. Era la única que podía entenderme. La única que lograba que mi autocontrol no se saliera de lineamientos. A su través pude soportar el período de inactividad autoimpuesta.
Conocerla, aprender los secretos familiares, conversar acerca de la inconveniencia que nos afligía, entender que no era el único, fueron conceptos que me llevaron hacia un lugar de paz interior que jamás antes había sentido.
La vida lentamente fue organizándose sola a mi alrededor. Fui mostrando señales de mejoría. Fui saliendo del encierro en el que me había colocado para terminar lo que había comenzado con mi acción justiciera. Ya la bruja estaba pudriéndose alegremente bajo tierra y mi libertad estaba asegurada. Ya no debía preocuparme por nada más.
Los estudios policiales confirmaron el suicidio. Del mismo modo que ella había logrado convencerlos cuando mató a mi padre, ellos se persuadieron entonces de mi inocencia.
Aprovechando ese período de inactividad empecé a estudiar a diversos asesinos seriales famosos. Internet fue mi gran colaborador por esos tiempos. Había muchísimo material para leer y para ver. Entre lo que hallé me interesé realmente por el caso de Edmund Kemper. Me divertía mirando su entrevista desde la cárcel. Las historias que narraba, el tono melifluo de su voz, sus ademanes y su corrección. Un gigante con cara de buen tipo, educado y dulce. Con antecedentes de maltrato por parte de su madre, a quien asesinó de manera brutal. Sus colecciones de suvenires, las cabezas cortadas colocadas en sitios preferenciales, en fin, todo lo que hizo para calmar a la bestia que anidaba en su interior. Pero él se entregó. Necesitó que lo ayudaran a poner fin a sus maniobras de poder. Creo que era demasiado joven e inexperto. Una verdadera lástima. Estaba loco.
Ted Bundy, Ed Gein, Charles Manson… tantos más… todos encarcelados, analizados por la sociedad, criticados y clasificados.
También miré muchas películas. Sobran las que intentan descifrar la problemática del asesino psicópata. Pero ninguna da en el clavo. Son simplemente divertimentos para asustar a la gente común.
A pesar de la desilusión lo pasé realmente bien.
Fue, en algunas ocasiones, como mirar dentro de un pozo de aguas cristalinas y otras como nadar en una ciénaga.
Mis amigos nunca supieron acerca de mi nueva afición. Ellos sólo lograron rascar la cáscara de mi psiquis. Sólo vieron lo que les permití ver.
Con ellos tuve momentos de verdadera diversión. Hicieron todo lo posible por animarme y lo lograron.
Reuniones en casa, salidas de todo tipo, cenas opíparas… todo sirvió.
Jamás me abandonaron. Ni siquiera ahora me abandonan. Ahora que saben que estoy muriendo, que tengo una fecha de expiración de este producto llamado cuerpo. Son buena gente.
Espero que no se sientan demasiado mal cuando, tras mi óbito, les lleguen estos escritos en los cuales cuento mi verdad. Sería una lástima entristecerlos.
Me parece que después de tantos años he desarrollado algo parecido al cariño por ellos. Cariño o acostumbramiento… quizá agradecimiento por su incondicionalidad.





[1] ‘Apréndanlo los ignorantes, y recuérdenlo los entendidos.’